– Amsterdam es el amante al que nunca dejaste de querer.

La vida simplemente os tenía reservados distintos caminos. Pero aún le quieres. Puede que te hayas acabado casando con Berlín, o incluso Barcelona. Pero, de Amsterdam, nunca te marchaste del todo.

No fue un amor de verano –si es que fue en verano, no fue a causa del verano. Tampoco es que durara más allá de una estación, supongo. Nunca contaste los días — nada de cuentas atrás, mucho menos aniversarios. Algún mecanismo subconsciente de autoprotección aún bloquea el cálculo, de la misma manera que bloquea el cálculo de distancias que no quieren serlo, como la edad o los kilómetros de una orilla a otra del charco.

IMG_4027No puedes decir cuánto duró. No es que buscáramos un para siempre. Lo pretencioso (y cursi) de la palabra nos repelía incluso (o aún más) a los bohemios que queríamos ser. Nuestra máxima y única aspiración era fluir a través de los canales, ir de escaparates de galerías de arte, coleccionar anticuarios (que no antigüedades), y músicas inmigradas de lugares menos libres, aspirar el olor de los tulipanes que no huelen a nada, dejar que los suspiros crecieran…y dejarlo ir todo de golpe.

Celebrábamos los cricks y cracks de las casas medio hundidas — construidas como pirámides invertidas por ratas bohemias de otro siglo, para ahorrarse las tasas al ocupar menos porción de tierra– e inclinábamos nuestros cuerpos, borrachos de empatía, para que las casas creyeran que estaban derechas.

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Bebimos toooodos los tipos de cerveza (que fuimos capaces) y probamos todos los quesos sobre la faz de la tierra para negarnos a escoger uno favorito. Solo para sentir que nos comíamos la ciudad, que éramos cada sabor de ella. Hambrientos de la ciudad, hambrientos de lo que aún queda por llegar de nuestra juventud, hambrientos de la vida sin prisa.

Decoramos nuestro pelo y pintamos nuestros labios de colores que no osaríamos en nuestras propias ciudades, y fuimos en bicicletas que solo medio-frenaban a través de las calles estrechas y los puentes abiertos. Aceleramos al cruzar por encima de las vías del tranvía. Pedaleamos y pedaleamos porque rodar era como acariciar el asfalto, y los tramos de adoquines nos despertaban para pedalear aún con más fuerza, ansiosos por ser parte de las vulgaridades cotidianas, como el tráfico, que era una oleada de bicicletas y una nube esquiva de peatones de las 9am y de las 5pm.

IMG_3942Pedaleamos para dejar que el aire entrara por los orificios de nuestra nariz, para dejar que el aire llorara nuestros ojos, para dejar que la humedad impregnara nuestros huesos. Para dejar que el frío calmara nuestros corazones.

Y aceleramos. Para liberar a nuestras almas y dejar que se movieran atrás y adelante a su antojo, liberándolas de las limitaciones formales del tiempo y el espacio. Aceleramos para que el 1 de julio fuera de nuevo como el primer día de primavera, con toda la ilusión inquebrantable y libre de promesas –incluso de las que no hay que cumplir.

IMG_3790Sin promesas. Pero también sin prevenciones, ni pretendidas medidas sabias, menos heridas preventivas. Sin normas.

Una vez me dijeron que Amsterdam es el amante que nunca dejaste de amar. Por ninguna otra razón que su honestidad. No puede competir con las exquisiteces de París ni con la seguridad de Londres, ni lo intenta ni lo quiere.

Amsterdam no tiene ambición de para-siempres, solo la honestidad de un presente que no importa cuánto dure.

De alguna manera, nunca te acabas de ir de Amsterdam, me dijeron. Entonces fue cuando yo hice la maleta y fui a preguntar por ahí si eso que me habían dicho era cierto. Y resultó que, cuanto menos, así viene a ser como se siente la mayoría de los que caen en sus redes. Y yo, sin comerlo ni beberlo, pero borracha de empatía, además de inclinar la cabeza ante las casas medio hundidas, sentí que de repente también había entrado en el abrazo de Amsterdam. No me pregunten cuánto duró. Aún sigo dentro.

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