– ¿En qué otro país del mundo puedes beber sentado en unas escaleras de cinco siglos de antigüedad? – dijo Enzo mientras bebíamos sentados en escaleras de cinco siglos de antigüedad.

Las noches eran tan cortas y dormir tan poco importante, que ni siquiera importaba que la cama de El Palazzo donde nos alojábamos fuera estrecha y dura como un trapecio de piedra.

A Perugia le salían los palazzos por las orejas. Las salas de conferencias eran palazzos, los restaurantes, los museos y las bibliotecas eran palazzos; los hoteles y hasta los hostales eran palazzos. Los palazzos, a veces, eran palazzos.

Porque no hay città demasiado pequeña para tener su propio Duomo, ni piazza demasiado pequeña para una fontana. Y en la Piazza IV de Novembre nadie preguntaba qué se celebraba. Que ya era primavera, que ya era de noche. Que ya estábamos allí.

Había llegado hasta allí tras un viaje de más de doce horas. Después de atravesar la mediterránea en un avión de bajo coste, muchos impedimentos y cero romanticismo, había cruzado de forma mucho más épica y larga –larga– dos o tres regiones de Italia, en dos o tres autobuses poco memorables, un coche y un tren.

Había llegado en un coche italiano de un alma caritativa que condujo dejando atrás la metrópolis romana y su circunvalación desordenada, a través de autopistas de farolas muertas por el cobre robado, y a través de la negrura de caminos adonde el cobre jamás llegó. Y, luego, en un tren de esos que traquetean con un traqueteo incomprensible por encima de superficies descaradamente llanas, con un temblor histérico de no-sabemos-cómo-pero-hemos-llegado-hasta-aquí.

Y, al llegar a El Palazzo, la mamma nos recibió con los brazos abiertos y un italiano lento y compasivo que nos hacía a todos igual de agradecidos por la ilusión de entendernos en un idioma inventado, que ni era español ni era italiano, pero que sin duda era lento y sonriente.

Y es que a los que llegan a Italia como yo había llegado a Perugia –con una mochila de mochilera, una maleta de aeropuerto y un bolso de ciudad, traje oscuro, arsenal de conferencia y pintalabios de primavera–, a los que llegan a Italia de cualquier otra parte, Italia les atrapa con sus palazzos y fontanas, con su traqueteo de algo-está-a-punto-de-pasar, con sus tagliatelle de mammas adoptivas, con sus amigos que de pronto dicen amarte, con su italiano lento y sonriente…

Pero solo fue allí, en las escaleras del Duomo, sentada donde los perugianos se sientan a beber –cerveza de importación y no vino fino– cuando, por primera vez, sentí que rompía el cristal del escaparate de la Italia de ensoñación que tanto ansiamos encontrar antes de comenzar siempre el mismo viaje.

– Quiero salir de mi tierra –espetó. – Que, sí, es muy hermosa y soleada y fragante. Pero no me da motivación ni posibilidades – sentenció.IMG_3151Que una tierra rica no hace a una región rica, que si los impuestos no llegan mucho más allá del área metropolitana, el cobre no alumbra las carreteras. Que lo peor que le puede pasar a un estado que no funciona es una estructura paralela que (parezca que) funciona. Que el silencio les hace fuertes, pero que entrometerse armando escándalo puede poner a los demás en peligro.

Que el euroescepticismo italiano es pura tristeza y desencanto, no rabia ni chulería. Que Italia está triste.

Que crece una generación nostálgica de un tiempo que no conoció, oscilando entre las contradicciones del desdeño a la condescendencia ajena, y la culpabilidad de la insatisfacción. Que las lágrimas de Stendhal son ahora un llanto contenido, de reproches, de adoración íntima a una tierra a la que no acaban de poder perdonar que no les de lo que esperaban.

Perugia no era una fiesta. Pero, hasta en la tristeza, Italia encuentra motivos para salir al Duomo. Porque pelear por el futuro no quita que solo tengas un hoy para celebrar. Que ya es primavera, que ya es de noche. Que ya estamos aquí.

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