Las piernas de Gianlucca colgaban al otro lado de la muralla. Una muralla medieval, que protegía ruinas etruscas y romanas, y que, además, albergaba desde hacía más de cinco siglos cientos de palazzos renacentistas. Una muralla que ya no tenía de qué protegernos. Excepto, quizá, de esa inmensidad verde, mansa y tan inmóvil de Umbría, que nos calmaba y asustaba a partes iguales.

Pasé mis propias piernas al otro lado del vértigo. El sol pegaba con demasiada fuerza para la manga larga, teníamos más focaccia que hambre y más preguntas que respuestas. Pelábamos naranjas mientras se enfriaban los espressos.

En turnos de palabra estancos y en formato tragicomedia clásica, nos contamos la historia de cómo hemos estado desde que nos sentamos por última vez a tomar un café. Un café que no fue un espresso, en otro país que era como otro hemisferio, en otro estado de ánimo que era como otra vida.

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Nos contamos sendas historias, deliberadamente nada sintetizadas, reproduciendo con tanta fidelidad como somos capaces la emoción de lo que nos fue inesperado, el fatalismo de lo que nos resultó inevitable. Historias que quieren ser de otra parte, huidas frustradas y planes que siguen pospuestos, hallazgos fortuitos, felices coincidencias y euforias –quizá, o quizá no– pasajeras.

Y a dónde queremos ir, y cómo demonios vamos a hacerlo. Tenemos más preguntas que respuestas, cada uno las suyas, por supuesto. Pero, incluso por separado, son muchas preguntas e, incluso juntas, las respuestas siguen siendo muy pocas.

Las piernas de Gianlucca colgaban a mucha distancia del suelo, pero el vértigo nos lo daba la lejanía del horizonte.

El valle es tan amplio, y el horizonte está tan lejos, que parece que todo cuanto alcance nuestra vista sea nuestro y, más peligroso aún, parece que nuestra vista lo alcance todo. A mí me parece que es mío. A Gianlucca, supongo, le parecerá que es suyo. Lo único que compartimos son las naranjas y el tiempo de sorber nuestros espressos.

Pero si algo aprendí de Italia –y por supuesto Italia era Umbría, Umbría era Perugia, y Perugia, aquella muralla venida a mirador– es a parar.

1492669139377Porque si el café americano es para llevar, el espresso es para parar. Solo un poco. Pero parar. Sentarse un segundo y dar un trago. Respirar un segundo, y saborearlo. Apurarlo echando la cabeza hacia atrás y dejar los ojos cerrados, solo un segundo. Un segundo.

Hay viajes que se planean a seis meses vista como una huida que nunca llegará, y que cuando llegan –porque siempre llegan– ya ni hacen falta.

Pero sí que sirven. Porque los viajes siempre –siempre– sirven.
Para, por ejemplo, darse cuenta de que el presente es un buen sitio. Para, por ejemplo, decirle al yo del pasado que ya pasó. Que todo salió bien, que gracias, y que puede marcharse. Y decirle al yo del futuro que también llegaremos allí y que ya nos las apañaremos, pero que no hay prisa. Que se está bien por el camino.

Allí sentados, Gianlucca, que ni se llama Gianlucca, ni es de Umbría, y que ya casi es solo medio italiano, sigue columpiando sus propios tobillos como si fueran interrogantes. Lo asombroso de tantas preguntas y tan pocas respuestas es que no nos inquieten en absoluto. Quizá porque todo parece pequeño ante la inmensidad de Umbría. Quizá porque nada parece sombrío ante este bálsamo verde. Pero esto solo era lo que a mí me parecía. Si algo aprendí de Italia, decía, es que los espressos duran un segundo.

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