Yo no me di cuenta de lo que era ser mujer hasta que sólo fui una mujer.

Hasta que me di cuenta de que la discriminación a la mujer no siempre toma forma de velo. Que a menudo se viste con falda corta, maquillaje de puerta, tacones de vértigo y de yo-te-invito-querida. Que las deudas de dinero no son las peores, que las asunciones limitan, que los roles encarcelan, que el odio mata. Que un par de tetas pueden abrir muchas puertas, de sitios de los que querrás saltar por la ventana. Que las mujeres son solo su cuerpo, excepto cuando se trata de decidir sobre su cuerpo.

Pero el feminismo son todo tópicos. Y las feministas, radicales.

img_2148Fue en una comida de negocios. Business as usual de Men as usual. Un pasado de deportista me enseñó a moverme en un mundo de hombres, a lidiar con la adversidad, y hasta con los hombres adversos. Al salir de aquella reunión, me vanagloriaba (ante otra mujer) de cómo había conseguido que aquella tribu de presuntuosos cayera en la trampa de una fachada encantadora para bajar los muros de su escepticismo para, justo después, manejar un distanciamiento prudente, parecido al respeto por la esfera personal. Un efecto boomerang lo suficientemente sutil a ojos rudos, en un tiempo récord de una comida récord de cinco horas.

– ¿Feminismo? ¡Ha! Lo que hay que hacer es arremangarse y jugar tus cartas – le decía.

Me sentía la encarnación de un post-feminismo en la era de las post-mentiras de moda, y hacía señas a las hippies de los sesenta: todo bien, pueden apagar la hoguera de sujetadores.

2016-06-27-10-38-30– ¿Estás segura de que es motivo de orgullo haber sido la única mujer allí? –replicó, a modo de felicitación por la hazaña narrada.

Yo no me di cuenta de lo que era ser mujer hasta que sólo fui una mujer.

Hasta que me di cuenta de que “¿estás casada?” era la pregunta que venía inmediatamente después del cómo te llamas y de cuántos años tienes (22, edad de empezar a pensar en fundar una familia en EEUU, por lo visto). Hasta que me di cuenta de la mueca con la que recibían la falta de tacones y falda en actos sociales (en los que ni siquiera participaba, ¡solo los cubría!). Hasta que un día me escuché a mí misma respondiendo a un taxista que sí, que estaba casada —quizá también hasta con una hija preciosa– porque me sentía más a salvo con un hombre ficticio en la sombra. Hasta que me odié por detectar una amenaza latente y por no encontrar otra salida aparte de la falsa puerta trasera.

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Entonces me di cuenta de que luchar no es algo del Medievo, con capa y espada, o de Medio Oriente, contra burka y ácidos.

Probablemente, deba seguir arremangándome y jugando mis cartas. A veces deberé seguir tragándome a menudo muchas bravuconadas, y trataré de convencer a un elenco de patanes de que soy capaz de mantener una conversación coherente. Si es que hoy me apetece invertir todo ese tiempo en mostrarles que hasta en sus esquemas me sé defender. Pero tengo igual derecho a no saber arremangarme o a que no me dé la gana ser encantadora o a, simplemente, no tener cartas que jugar.

Tengo derecho a que la señorita de las acreditaciones no censure mis pantalones de gala, a abortar un matrimonio de conveniencia con un poli ficticio, a no tener que soportar que un presidente-que-parece-electo pero que seguro-es-misógino cuente por televisión cómo agarra del coño a las mujeres que no le quieren dar besitos.

Porque tengo derecho a tirarme solo a los billonarios que no me parezcan repulsivos, e incluso a los bohemios que, además, me gusten, y mantenerme a mí misma con un sueldo igual de digno que el de mis colegas hombres, y a que mi hija-preciosa-real pueda ser presidenta de este país (sea el que sea, si es que a ella le da la gana).

1485098775296Porque el problema no son ellos, querida mujer que cree que hace justicia detrás de cada mostrador. El problema es que no solo no necesito tu aprobación, sino que declaro las normas bajo las que apruebas y desapruebas, obsoletas y aberrantes.

Me volví feminista. Y demócrata, y socialdemócrata, con ramalazos socialistas, protestantes –no de religión, sino de forma de vida– me volví activista… y periodista.

img_7328Estados Unidos me enseñó a protestar. Quizá allí queda todavía mucho más por hacer que aquí, pero en Europa nos apalancamos en un estadio conveniente de evolución en la que exista suficiente consenso social, tachamos de tópicos las batallas que se alargan más de una generación, y categorizamos nuestro cinismo de post-loquesea, condenándonos a no avanzar un ápice más.

Estoy dispuesta a gritar muy fuerte obviedades como que los derechos de las mujeres son derechos humanos. Gritarlo hasta el día en que, además de obvio, sea una realidad incuestionable.2016-06-27-09-50-49-1

 

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