Etienne almuerza en una librería. Saca un sobre del bolsillo interior del traje. Lo coloca con cuidado al lado de la servilleta.

Uno diría que su estado natural es sentado ante un café normal. Etienne es de alguna otra parte. No solo que no es belga, por supuesto. Tampoco es francés. Bruselas le ha tratado bien. Disfruta de la intensidad, la exigencia y la endogamia de la burbuja. Siempre hay alguien que le conoce en el ascensor. Eso dicen. Que está en todas partes; nadie sabe bien en qué anda.

Etienne siempre viste traje. Pero es flexible, si entrevista a algún político muy progresista, se quita la corbata. Pero los puños de sus camisas se abrochan con gemelos. Etienne es el tipo serio que dosifica y exhibe sonrisas amplias con la presunción de que solo las vea el destinatario. Etienne es el gentleman que puede llevar un pañuelo de seda al cuello, el hombre que te dice que fue una velada deliciosa o que el café del museo es encantador, sin que apenas te entren ganas de burlarte de sus florituras.

Etienne escucha las noticias en francés, escribe en inglés, lee en español y reserva otras lenguas románicas para el divertimento. Cada mañana hace un recopilatorio diligente de la prensa escrita, toma un pulso mecánico a Twitter. Comparte, generoso, artículos que considera de interés de otros. Toma notas en su Moleskiene de tapa negra y de páginas blanco-roto. Notas que preparan entrevistas, que concluyen con reuniones, recordatorios a tener en cuenta, idea(le)s a olvidar. También escribe cartas. Pero para eso tiene otro papel.

Etienne se peina como Tintín. Como el Tintín que quería ser. Pero Etienne escribe, no como Tintín, que jamás dejó una línea escrita sobre sus viajes. Si le hubiéramos dicho al pequeño Etienne cómo sería de mayor, seguro que le hubiera encantado. Pero hoy Etienne almuerza en este café-librería frente a Les Aventures de Tintin – Les Cigares du Pharaon y Etienne quiere montarse en un Oriente Exprés, solo con billete de ida y despertarse en mitad de la noche con el traqueteo incómodo, amanecer en mitad de diferentes ‘nadas’, donde el café nogggmal no sea este café americano disfrazado de espresso lungo.

Hace ya tiempo que por lo que más se enerva Etienne es por la política internacional. La última vez que el desengaño le hirvió la sangre fue cuando tantos británicos votaron para irse. La última vez que sintió temor fue cuando un magnate ganó la apuesta de ser presidente.

Etienne ha sacado la carta del buzón mucho antes de que saliera el sol. Ha llevado toda la mañana a cuestas el sobre con su nombre escrito. La emoción contenida le hace más eficiente. Le gusta tener secretos, incluso consigo mismo. Entre reunión y reunión, recuerda cómo la e enlaza con la t, y ésta con la i, con la e… en una caligrafía nada estudiada pero que –cree – sugiere mucho más que la suya propia.

La última vez que Etienne dijo sentirse contento –que no feliz– fue cuando condujo su coche familiar hacia las afuera de la burbuja. Los rayos de sol contra los retrovisores, aún oblicuos. Pero no porque ya cayera el sol de la tarde, sino porque apenas amanecía. Y aspiró y expiró aire no-político, no-periodístico, y a pesar de eso, se sintió…contento.

La mayoría de los que habitan la burbujas se dirimen entre la angustia de morir solos en un mundo que se les da muy bien o dejar atrás sus sueños para ser cómodos, previsibles y (sentirse) cobardes. Etienne no tiene por qué preocuparse. Tiene su propia burbuja. Y todo indica que, cada fin de semana, ese coche se llena de algo más que de rayos oblicuos.

Etienne abre la carta.burbuja

 

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