I’m sending my condolence, I’m sending my condolences to insecurity 

(Por favor, lee con música. Pincha en los link)

Mis inseguridades han muerto. Les envío mi más sentido pésame.

Viste traje sin camisa debajo, pies sin calcetines ni zapatos. No tenía casa. Su ambigüedad entre home y hope es deliberada. Así se inventa las dos cosas a la vez. En cualquier escenario de cualquier parte del mundo: hogar y esperanza. La fama no te las da. Solo te sube en aviones para buscarlas más lejos.

La primera vez que uno hace una entrevista en no-su-idioma-materno, no puede esperar ser brillante. No lo fui.

Al otro lado de una línea telefónica muy larga, Benjamin no terminaba las palabras y su paladar no terminaba las vocales. La cadencia de sus intervenciones era una amalgama de monosílabos consonantes.

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  • ¿Has escuchado mi álbum?
  • Sí.
  • ¿Entero?
  • Sí.
  • ¿En orden?
  • (…) (No)
  • Periodistas… Si no escucháis el álbum entero, no sé qué esperáis preguntar – dijo su ego.
  • (…)
  • Tienes que venir a verme.

No fui.

No fui porque no pude. De verdad quería, pero no pude.

I’m alone, in a box of stone. When all is said. And done.

Dice que estuvo solo dentro de una caja de piedra. Lo mío debió de ser solo una mímesis injustificada.

benjamin-clementine-3El invierno en que conocí a Benjamin fue difícil para los dos.

Yo podía ir a cualquier parte menos a la que quería.

Él quería ir a cualquier parte menos al lugar del que venía.

Yo era una irreverente que se sentía desgraciada por el primer fracaso –así lo veía entonces– de la vida adulta. Un mero cambio de planes, me decían. Podía girar la bola del mundo e ir a ejercer mi profesión a cualquier lugar del mundo. Excepto adonde yo de verdad quería.

Él era un irreverente también. Y, además, un desgraciado. Huyó deprimido de un Londres aún más deprimido, que le había atormentado y hundido, y al que despreciaba de forma sórdida. París lo iba a solucionar todo. Acabó durmiendo en la calle. Y tocando, siempre tocando. Nunca había estudiado música, lo que sabía lo aprendió con un piano de juguete. Primero tocó en la calle, después en un bar de mala muerte. Pero el azar no le tenía deparado nada más malo, mucho menos la muerte. La persona adecuada entró en ese bar. Le grabó un single. Fue récord de ventas en el Reino Unido del auto destierro.

A Benjamin se le escuchaba apenas en el Reino Unido de su despecho, en la incubadora parisina que lo había engendrado y en un par de auriculares de Barcelona. Aquella criatura rota infundía una suerte inmerecida de empatía –quizá porque eso mismo es lo que andaba buscando tras esos auriculares.

img_6498Con todo, no nos fue tan mal. Al cabo de pocos meses, Benjamin tenía un disco de canciones muy ordenadas, una portada de bello rostro y un inestimable halo de misterio alrededor. Solo le habían entrevistado una vez. A mí, por mi parte, me pagaban para que escribiera sobre artistas emergentes –aunque fuera en la ciudad de siempre, de momento. Después hasta eso se arreglaría.

A la hora acordada, él cumplió con la palabra (la de su representante) de estar al otro lado del teléfono. Pero no debió encontrar ningún sitio sin ruido. No debió encontrar la concentración en su interlocutor ni ninguna buena razón para no arrastrar los monosílabos evasivos. Benjamin no quería recordar un pasado doloroso, que dominaba la sombra de un homeless londinense, dos adjetivos elegidos voluntariamente. Y sobre planes de futuro tampoco quería hablar, porque sobre lo que está por venir, quién sabe. La conversación quedaba reducida a un pequeño paréntesis de presente, aún más estrecho con sus adjetivos inconexos.

Todas las entrevistas tienen un clímax. El de ésta lo deseaba tanto que, dolida por no haber recibido un poco de esa empatía de vuelta, no lo vi hasta mucho después de colgar el auricular.

One day this boy will be fine.

Un día este chico estará bien, dice.img_6499

Casi un año después, reconocí a Benjamin en un bar de Brooklyn. En un cartelito del tablero de anuncios de un bar del Brooklyn-aún-medio-industrial. Las entradas costaban menos que una cerveza en el Upper Side de Manhattan. Pero en esa ocasión tampoco pude ir a verle. También quería de verdad, pero tampoco pude de verdad.

Pero hoy sí.

Dos años y una entrevista después.

Hoy Benjamin se sienta en un taburete demasiado alto. El piano le llega por las rodillas, y si puede tocar las teclas solo es por sus extremidades extremadamente largas. Y por su talento desproporcionadamente innato. Su pierna bandea adelante y atrás como un péndulo descolgado, al compás del ritmo que lleva dentro y que hoy comparte. No viste calcetines.1480603162413

Ven a verme, había dicho.

Ven a verme porque es delante del piano, y cuando canto, que estoy en casa. El único momento en que las cosas que digo tienen sentido.

Solo cuando cumplí mi parte y le fui a ver, me di cuenta.

En el Palau de la Música los dos jugábamos en casa.

It’s my home, home, hope, home, hope, home. Me dijo. Dice aún.

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