AQUÍ:

Cualquier persona normal con Twitter y de este lado del charco desea en su interior que gane Trump, dijo alguien, de este lado del charco.

Cualquier periodista económico con sentido de la emoción preferiría inestabilidad financiera. Supongo.

Tenía que dormir. Estados Unidos seguía contando papeletas. Pero la Bolsa abría temprano y el despertador sonaba en menos de seis horas.

ALLÍ:

Del otro lado del charco, la euforia mantenía abiertos como platos grandes los ojos de los que iban a hacer América grande otra vez.

Los ojos de los demócratas tampoco podían cerrarse. La incredulidad mantenía las lágrimas de impotencia coaguladas y bloqueando el mecanismo del párpado. Incrédulos como si del diagnóstico de una enfermedad terminal se tratase. No no y no. Mi país no puede estar tan enfermo. Está usted equivocado. Tiene que haber cura.

Los ojos de los que no votaron, esos nadie sabe cómo de abiertos o cerrados estaban. Esos decidieron no existir. O no fueron capaces de existir.img_2127

AQUÍ:

A las seis de la mañana a Europa se le atragantaban los cereales.

Botón central del móvil. Se ilumina la pantalla en una cronología perfecta: de Florida a Wisconsin, entre alertas de medios y amigos alertados. Variaciones sobre oh dios mío, interrogantes dirigidos a la persona equivocada, con preguntas que habrían de gritarse hacia arriba en lugar de enviarse por Whatsapp, versiones apocalípticas sobre la repentina sensación de que la democracia o el mundo o los que lo habitamos han tocado fondo.

Y las agujas de las Bolsas Asiáticas rompen el suelo de los gráficos. Y hasta el conserje que abre las puertas de Las Bolsas Europeas, tiembla debajo de su gorra de conserje y de su abrigo abotonado de conserje. El sol apenas había salido pero la sombra del Brexit ya se alargaba, como la de los cipreses de los cementerios.img_7096

ALLÍ:

Algunos de esos que pese a no dormir se sentían inmersos en una pesadilla, se dieron cuenta de que amanecía en Europa. Y empezaron a escribir a Europa en busca de algo de luz. Mentes brillantes que acaban de entrar en las mejores universidades se daban cuenta de que estarían atrapadas –al menos hasta el fin de sus estudios– dentro de su propio proteccionismo, y confiaban en que el perímetro del campus les mantuviera a salvo hasta la graduación. Recién iniciados en la diplomacia comprendían que con cada intervención de su presidente se tambalearía su proyección internacional y se preguntaban cuántos años sabáticos se podían permitir tan al comienzo de sus carreras.

Tanteos en busca de asilo político de los que se avergüenzan de su país cuando niega la entrada a los refugiados. Planes de emigración en el sentido contrario de las rutas habituales. Malditas burbujas, que se creían representativas de lo que había fuera. Qué vamos a hacer. Decían.img_1988

AQUÍ:

En las redacciones, alertas de agencias en rojo. Urgentes, avances. Hay que generar nuevos datos. Los números que se dieron no funcionan. Tampoco los de teléfono, que no dan señal, porque hoy todos están apagados-o-fuera-de-cobertura-gracias.

Hoy ninguno dice “lo dije” porque nadie puede decir que lo dijo. Entrevistas anuladas, de analistas y expertos, esa especie animal en tan poco peligro de extinción, que se multiplica y que ha procreado por encima de sus posibilidades, hasta convertirse en la más conveniente cabeza de turco.

Hoy cifras frescas del día. Heladas y desnudas. Pero en grandes cantidades: totales y parciales, sumas y porcentajes, que nos sirvan de quitamiedos. Del miedo al vacío de las páginas que hay que llenar. Explicaciones embolsadas para explicar lo que pasa en las Bolsas. Son de esos días en que la tecla se come la hora de la comida. Quién sabe qué.img_9889

ALLÍ:

Nadie habla, pero es que ella no ha hablado tampoco. Expectación. Solo le queda pronunciar lo obvio, que a veces puede ser la parte más difícil. Hillary dice hemos perdido (ella y los suyos). Dice que sabe la decepción que sienten (los suyos), porque ella se siente igual. Se escapa una risa entre el público. Quizá por primera vez en muchos mítines. Si resultará que se sabía poner en el lugar del otro –claro, cuando asume que el otro antes se ha puesto en el suyo. Paradojas empáticas; última guarida de un (apenas) humor-por-pena que va tarde.

Dice algunas cosas más, igual de obvias y previsibles, pero de las que tampoco se puede librar de decir. Que gracias. Que ha sido el mayor honor de su vida representar a casi-la-mitad de los votantes. Lo peor es que será cierto. Que esto será lo mejor que le pase. O dicho de otra manera, que no le espera nada mejor.

Y, al final, dice a esas chicas jóvenes que están del otro lado del televisor que siempre vale la pena luchar por lo que creemos que es correcto. Que nadie os diga lo contrario. Os merecéis cada oportunidad y sois valiosas.img_0940

AQUÍ:

Y, por primera vez en lo que va de día, en mitad del teclear convulso, de la traducción simultánea y la toma de declaraciones… la toma de conciencia. Algo se me rompe. Estados Unidos me duele en el alma. El que fuera mi país adoptivo. Ver equivocarse – ¿autodestruirse?– a alguien que sabes que lo puede hacer mejor. Y a alguien a quien quieres –o a quien has querido– tanto.

No hay tiempo para eso. Monta el tema, edita, súbelo, elige foto. Empieza otro discurso.

ALLÍ:

Entonces Obama mira a la cámara y dice algo así como que también saldremos de esta. Como si los que tiene delante fueran sus críos y les dijera que mamá y papá han ido al paro. Dice que nunca se avanza en línea recta, pero que somos buenos zig-zagueando. Mira a cámara y dice que, a los que no esperaban que las cosas salieran así –a los que habían trabajado y luchado por lo contrario– a esos, les pide que las decepciones políticas no les vuelvan unos cínicos.

AQUÍ:

Los cínicos no sirven para este oficio. Para el oficio de habitar el mundo.2016-05-04-11-23-28

 

 

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