Esa sería la última vez que viera a Ted.

Desde la ventanilla de un shuttle de aeropuerto que hacía las veces de ventanuco de avión. Sacudí toda la mano, con toda la energía que me quedaba. Tras la intensidad de los últimos dos días.

La última vez que vi a Ted, Ted sonreía de oreja a oreja, como un paréntesis gigante que subrayaba su nariz de pianista. Su pelo seguía imperturbable a las sacudidas de sus ojos.

Ted querido. Que pocos Ted quedáis.

– ¿Ves bien desde aquí?

– Nunca estuve en un lugar parecido.

Lugares inesperados a horas inapropiadas. Un museo cerrado. Cena a medianoche. Ópera a mediacena.

Arriba, en los techos altos, la bicicleta y el ultraligero con los que soñó – pero no inventó – Leonardo. El telar mecánico y la máquina de pulir espejos que sí inventó Leonardo. La primera locomotora que haría el primer recorrido Londres–Bombay. El submarino renacentista que no se hizo realidad hasta la Guerra Fría.

Leonardo inventó la servilleta. Igualita a esta. ¿Les parece una tontería? Prueben a comer el mejor de los manjares con salsa chorreando. ¿Lo disfrutan sin servilleta? Tomen una.

Y una copa y canapés en un salón de arcos de medio punto, en mitad de una tormenta de viento que golpea las contraventanas. Leonardo se nos quiere unir. Lo ha dicho alguien. Todos están de acuerdo en que tome asiento. Te tocó la mesa Firenza, vente a Capri si te aburres. Y vino rosso y antipasti y banquete de boda sin novios ni compromisos. No es nada personal, son solo negocios.

Y de repente, ópera.

O Sole Mío.

img_5673Ópera desde unas cuerdas vocales envueltas en un pañuelo de seda morada, sobre los hombros de traje de felpa gris, donde caen cabellos igualmente grises. Ópera desde la garganta de la ragazza del vestido austero negro, sin adorno que distraiga de su llanto de soprano.

Y de repente ópera, y de repente Nessun Dorma.

En la mesa de Capri, en la de Firenza, en la de Leonardo, con y sin servilletas. Y de repente burbujas que suben y lágrimas que caen. Que nadie duerma porque algo está pasando que no esperábamos.

Y de repente Italia y de repente Ted.

Una mano amiga, que de verdad se extiende solo para ayudarte a bajar del coche, para abrirte la puerta, solo para ponerte la chaqueta sobre los hombros, solo para aguantarte la copa o la taza de café solo. De repente un alma pura en mitad de solo negocios. Un “¿necesitas algo?” de verdad, un “¿descansaste de verdad?”.

Y cuánto tiempo hace que conoces a Ted. Quizá desde siempre.

img_5867‘El Duomo’ también había estado siempre en Milán. Pero fue aquél día cuando me quedé plantada frente a él. Y arrojó su belleza implacable sobre nosotros. Atónita ante la enormidad gótica. Ante la complejidad del culto y el culto a la belleza, ante la desmesura del detalle pulcro.

No había cabida para el flaqueo de piernas del Mal de Stendhal El Flojo. Ya no. Que ya no cabe más análisis, que ya no caben más vueltas, excepto rendirse a lo que los artífices de lo majestuoso concibieron para nosotros hace más de cinco siglos. El Duomo había devuelto la vigencia a la lógica de que lo bello es bueno y lo bueno es bello.

Y de repente El Duomo me hizo feliz sin matices. Felicidad súbita, irreprimible. Felicidad inalienable, personal e intransferible. Que sacia todos los anhelos de un plumazo, que descarta hasta la tentación, que redime de las plegarias no formuladas.

img_5712Ted caído de otra parte. Con acento y rostro duros y norteños en mitad de las facciones y el idioma más harmónico del mundo. Ted con sus compromisos que no le ahogan. Con pupilas decididas y decisiones irreprochables. Ted, mero testigo de la libertad ajena, de los torbellinos que iban y venían entre la belleza y la felicidad.

Ted, querido. Está bien. Está bien estar en lo cierto. Está bien hacer lo correcto. Está bien de veras. Eres un buen tipo. Estuvo bien que nuestros caminos –apenas– se cruzaran. Ahora regresa a tu vida de cuadrícula perfecta que yo tengo mucha libertad por delante. Gracias por marcharte.

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