Está usted escribiendo un principio.

Nunca   me   suicidaré. 

Respondes que qué bien. Te dices a ti mismo que eso nunca se sabe, que así funciona la desesperación. Añades, también para ti mismo, que ojalá. Que ojalá que mi resolución sea imperturbable a los momentos bajos que no me deseas. De vuelta al exterior, me miras primero con severidad y luego con sorna por si es un intento de humor negro. De vuelta a ti mismo, te horrorizas por si alguna vez he tenido tales intenciones. Pero eso no lo preguntas en voz alta.

img_9173La respuesta es No, nunca. Nunca he considerado el suicidio. Esta es la primera vez que escribo esta palabra. Y, si te fijas, ha sido con un nunca muy serio delante. Seguro que suena naif o ignorante o pretencioso. Pero desde luego no es una burla. Y desde luego no tienes por qué poner esa cara de susto.

Lo que tú me has preguntado es que qué me llevo de todo esto. Quizá esperabas que contestara que Estados Unidos es un gran país o que el periodismo es mi gran pasión. Lo primero no lo pienso. Lo segundo ya lo sabía. Mi respuesta a tu pregunta es que nunca me suicidaré.

¿Sabes? Yo no me quería ir. Decía que me quería quedar. Pero es más preciso decir que lo que no quería era irme.

Y me fui.

Dos veces. Me fui dos veces sin un buen motivo para irme. Primero me fui a ultramar. Después me fui de ultramar. Y lo que he aprendido es a volver a empezar.

Sucedió en una reunión de un grupo de apoyo, en uno de esos centros con manualidades de adultos colgadas de las paredes. Más de veinte personas se sentaban en círculo. Lo único que tenían en común es que nacieron en un país del que tuvieron que salir. Y así llegaron a Estados Unidos.

2016-06-29-18-56-24Yo estaba allí en período de prueba. Ellas me probaban. Tenían que decidir si podían confiar en mí. Y si querían hacerlo. Yo hablé sobre un Proyecto, sin título pero con “P” mayúscula. Empezamos a hablar de “qué te trajo aquí”. Unas  huyeron  de  la  guerra,  la  pobreza,  de  sus  verdugos personales o de una esperanza (de vida) nula.

De repente, alguien me devolvió la pregunta: “Y a ti, ¿qué te trajo aquí?”.

Separarás lo profesional de lo personal, resonó algún mandamiento pragmático y sensato. Pero aquí la única regla que valía era la de ser honestos. Si les estaba pidiendo que compartieran su pertenencia más valiosa –su historia– cómo iba a negarles un pedacito de la mía. Claro que yo no tenía ni guerras, ni pobreza, ni verdugos. Hice una pausa y un esfuerzo de síntesis – y de memoria.

“Allí tenía… tengo –rectifiqué–  una familia y un puñado de amigos, ninguna deuda, unos estudios recién terminados y dos ofertas de trabajo más o menos estable. No  tenía  nada  de qué  huir.”

Podía percibir decepción por la simpleza de la historia, condescendencia por lo edulcorada, desconfianza por lo inverosímil que les resultaba.

“Vine –continué– porque  esto  es  lo  que  quería  hacer  con  mi  vida. Vine y dejé a todas esas personas y cosas. Porque aquí están las historias que quiero contar. Quería estar  aquí  sentada, delante de vosotras, y luego contar vuestra historia, si me la prestáis.”

Soy muy buena con los principios. Pero los finales se me dan de puta pena. Suerte que después de cada final viene inmediatamente un principio.

2016-05-24-19-49-50A veces me ciegan tanto las ganas de un inicio que no me doy cuenta de que para eso, antes, algo ha de acabar. Y le pongo fin un poco a la brava. A veces me pasa al revés. Estoy llevando tan mal un final, que no me doy cuenta de que ya se viene un principio. Este principio, por ejemplo, no tiene titulo aún, pero irá con P mayúscula.

Y tú me preguntas que qué he aprendido.

Pues que si me canso de mi  vida,  si  me  arruino o  si  me  traicionan, si me va tan mal que no le veo ningún  sentido… Entonces me iré lejos, adonde nadie me conozca. Porque si me he ido de sitios de los que no tenía ninguna razón para huir, no pienso dejar que mis tormentos se me coman. No planeo que nada de esto me pase. Pero si me pasa, me las apañaré. Volveré a empezar.

Antes tenía una zona de confort. Y antes de antes, otra. Pero yo no quiero ser de esos que parece que preferirían estar en alguna otra parte.

Ahora lo que tengo son ganas de vivir. Siempre las tuve. Pero hoy más fuertes. Tengo ganas de vivir en un sentido absoluto. De vivirlo todo. Porque allí afuera he visto cosas increíbles, y estoy segura de que me faltan muchas más. Y yo tengo ganas de estar allí y de contarlo. Tengo ganas de ir y de venir.

Y tengo un hogar, que no es un sitio en el que vivir, sino al que regresar. Un lugar para reencontrarse, con los demás, con uno mismo, un lugar en el que volver empezar.

Algunos redactan su testamento en plena juventud. Yo condenso un intento de alegato a la vida y me dejo una nota a mí misma en mi frigorífico del futuro: “Nunca me suicidaré”. Así  que  si desaparezco,  no  te preocupes. Los principios se me dan jodidamente bien. Ya verás.

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