Tenía un alquiler que me consumía tres cuartas partes del sueldo, un gato de compañía arisco, un sistema fallido de repartir tareas del hogar; tenía un baño sin espejo y una explicación feminista para justificarlo. Ya sabía que la cerradura tenía truco, que había que levantar la puerta y girar la llave para el lado contrario.

Sabía qué era lo último en rooftops y cuál era la última terraza que cerraba entre semana; sabía dónde beben los trajeados que dicen que no beben. Conocía un sitio de jazz que no estaba mal y a un grupo de hipiosos que me colaba en sus ensayos caseros de medianoche.

Recibía reportes puntuales cada vez que Obama se cepillaba los dientes. Tenía seis emails y medio por enviar, doce modelos de cartas de motivación y la esperanza de respuestas improbables. Recibía cartas manuscritas por correo ordinario.

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Tenía la mala-nueva costumbre de disfrutar con verdades descaradas y reservarme las mentiras para el piadoso “voy de camino”. Estaba a cinco dólares –en bus– de New York, a quince minutos –en bici– de la Casa Blanca, a un paso de tu casa. Por eso siempre llegaba tarde.

Tenía contactos que no me servían de fuente y mensajes nocturnos de activistas que reivindicaban causas justas pésimamente organizadas. Me compadecía de los que se obstinaban en arreglar el mundo de formas opuestas. Me compadecía de mí misma, por convertirme tan fácilmente a uno u otro ideal ante la pasión ajena.

img_0138Tenía agallas para un sombrero de ala de invierno, pero demasiado frío para destaparme las orejas. Tenía un manitas que me arreglaba los electrodomésticos y los zapatos de tacón. Tenía un talento de malabarista para hacer la compra en el supermercado.

Tenía una cerveza barata de cabecera y un par de amigos que sabían casi tanto de mí como de los vinos que amaban, y que siempre elegían el que maridaba con mi humor – cambiante. Tenía una botella de ginebra muy fina que guardaba para una ocasión especial que no llegó. Tenía una botella vacía y firmada de una noche en la que ellos consiguieron que me deshiciera de un nubarrón negro que llevaba encima.

2016-04-23-23-11-42-1Tenía amores platónicos, claro, y también pretendientes serios y aburridos. Tenía una amigahermana, un examigo tóxico; varios confidentes esporádicos, desconocidos de confianza en cinco estados de la Costa Este y medias naranjas de media semana. Tenía un montón de historias sobre ‘cómo no conocí a vuestro padre’ y de, ‘niños, no probéis esto en casa’.

Cuando pedaleaba hacia casa me decía “tu vida va bien”.  Tenía una vida. O tenía una zona de confort.

– ¿Qué es lo que más vas a echar de menos? – me preguntó.
– Mi yo de aquí. – contesté. La versión de mí misma que me he inventado.
– ¿Pero no te das cuenta de que eso es imposible? Ésta eres tú ahora, y te vas a tener que aguantar a ti misma, vayas donde vayas.

Claro que no se refería al sombrero de ala que vendí en una boutique vintage ni a la botella vacía y firmada que dejé atrás. Se refería a que se le puede pillar el truco a todas las cerraduras que chirrían.img_7151

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