– Cuando te sentaste sobre tus piernas en la alfombra supe que todo iba a ir bien.

No hacía falta llevar zapatos sobre la moqueta. Son vinilos para pies descalzos. Las agujas no hieren el disco.

– Lo siento, aún no han traído los muebles.

Un baúl por maleta. El del vinilo era el único plato del apartamento. Solo había dos copas en el armario de la cocina, aún sin estrenar. Los libros se sostenían unos contra otros fingiendo una estantería. No le llamábamos estudio porque las clases aún no habían empezado.

imageEsa no era la zona de confort de nadie. Así que teníamos igual derecho a sentirnos desconfortables o a reconfortarnos. Ambos habíamos abandonado La Ciudad, cada uno la suya. Nuestra por mimetismo y apropiación, claro. No porque naciéramos ni nos criáramos allí. Tú eres de donde quieres ser, así que vamos a saltarnos el de dónde vienes y vamos a ir directamente al adónde vamos.

Y así hablamos de lo que nos da la gana.

El mundo se divide entre los que darían su vida por New York y los que se matarían tras dos días allí.

–  Yo sé que viviré en New York. Mucha gente lo dice pero yo lo siento de verdad. No sabía que un amasijo de acero y cristal podía ser bello. Luego, en el ferry de Staten Island, sentí la llamada.

– Yo criaré a mis hijos en New York. Si sobreviven, se comerán el mundo.

– Yo necesito tratar de arreglar el mundo antes de traer más gente a él.

– Háblame de Europa.

Ese gran país llamado Europa…

– Pues tú háblame de Afganistán.

– Corríamos, corríamos. Un estruendo. Suelo, polvo, dolor. Helicóptero.

El vinilo daba vueltas. A qué me recordaba esa canción. Cuánto tiempo ha de pasar para que una melodía se haga familiar.

– No sé por qué he venido aquí. No encuentro ninguna buena razón.

– Supongo que tampoco encontraste una razón por la que no hacerlo.

imagePodemos hacer lo que queramos. Adónde te apetece ir. Qué quieres comer. Juguemos a ser amigos. A reírnos en lugares serios, a ponernos profundos en lugares estúpidos.

Los campus están diseñados para la luz del día. La biblioteca, el estadio olímpico… Pero no los recogen por la noche.

Si los focos de este coliseo no deslumbraran el cielo, seguro que distinguiríamos las constelaciones. Aunque tampoco sabemos nada de estrellas. Comamos comida de otro continente. Sienta bien caminar bajo la lluvia con los paraguas en el bolso.

Y de nuevo pies descalzos y vinilos, alfombra y copas nuevas. Hablemos hasta que el sueño nos cierre la boca.

– Quiero un retrato.

– ¿De éstos?

– No. De mí.

Las Leicas guardan bien los secretos.  Luego los sueltan en el destiempo del revelado. Pero para entonces yo ya no estaré aquí, así que no me importa mucho. Medir la luz tiene el vértigo de cuantificar lo inabarcable.

– Lo que más me gusta de la Leica es que te muestra lo que queda fuera del cuadro.

Lo que te pierdes. Como si no lo perdieras.

Todos vinimos a La Ciudad por algo.

¿Nos marchamos también por algo?

De lo que estoy segura es de que las personas aparecen en tu vida por una razón.

Yo no sé por qué vine. Tú no sabes por qué me lo pediste.

Pero a veces hasta descubres la razón.

Luego ya está.

¿Sabes? Esto va más de mí que de ti.

Fin.

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