New Orleans es el patio del colegio de los adultos. Y aquí es siempre la hora del recreo.

Abrigada contra los aires acondicionados de aeropuerto, tan pronto como puse el pie sobre los humedales de Luisiana, mi cazadora tejana de verano fue más mía que nunca, enganchada a mi cuerpo para siempre. Era medianoche –en la Costa Este– y el maquillaje de la jornada laboral se solidificaba en los ojos y se derretía en el –otrora– cutis.

No sabía quién estaría al volante del coche rojo que buscaba. Iba a ser, con fortuna, una amistad a ciegas. Por los próximos cinco días.

Bienvenida a New Orleans. Aquí hace calor, así que ya te puedes empezar a quitar todas esas capas.

Rió a carcajada a modo de hola. Era la primera de muchas veces que me daría la bienvenida en los siguientes cinco días de amistad a ciegas.

No abras el maletero, está lleno. Mejor pon tus cosas en el asiento de atrás, allí hay espacio.

Entre las acuarelas, las acuarelas, los juegos de malabares, los cuentos ilustrados y el techo. Bingo. Justo allí había espacio. También encontré un hueco para mis piernas, rodillas en alto, pies sobre un maletín de colorines. Apenas hube de agarrarme. Casi siempre tomó la salida de la autopista con tiempo.

2016-06-16 19.13.54Mi nueva Amiga se aseguró de que no me quedara sobada en el camino a casa con la excusa del cambio de hora –una hora, pero una jornada de diez horas, un vuelo de dos y media y un retraso de dos y media que me pareció de diez. Durante la media hora larga que condujo hacia la ciudad, me alimentó con pralinés de New Orleans que me había comprado durante el retraso de mi vuelo. Y me habló de los niños con hiperactivismo, esquizofrenia, abusos sexuales o malos tratos a los que trata de ayudar a hablar y a jugar a partes iguales.

Todo el mundo tiene un pasado, hay que lidiar con él.

Nacida y criada en el área de DC, para cuando se graduó ya llevaba tiempo asqueada del cinismo político. Trabajó. Pero para hacer algo que valga la pena tienes que ir a la puta escuela de posgrado. Así que puestos a estudiar un puto máster, que sea en una puta ciudad que valga la pena. Y New Orleans tiene una facultad de ciencias sociales muy decente. Así que apliqué a todas las escuelas de posgrado de New Orleans y me vine. De eso hace cinco años.

Todos llegan a New Orleans huyendo de algo. De las oficinas, de la familia, de la vida que tienen y no quieren o de la que quieren pero no tendrán. Aquí no importa de dónde vengas. Es la ciudad del presente y del Nunca Jamás. Es como la hora del recreo, puedes jugar a ser lo que quieras y volver a empezar. Es la ciudad de las segundas oportunidades.

Todos los caminos del aeropuerto a la ciudad son oscuros de noche o grises de día. Llegamos a Garden City pasada la media noche de New Orleans.

 

Este barrio quedó totalmente destruido después del Katrina. Casas, gente, animales. Todo a tomar por el culo.

Así que empezaron a levantarlo de nuevo. Tomó mucho tiempo, lágrimas, dinero, demandas, lágrimas. Compañías de seguro al borde de la quiebra pugnaron por seguros de vida y de hogar de los que se quedaron sin vida y sin hogar.

Ahora, ya ves – no veía nada – está muy bonito. Todo tiene su parte buena. Me jode porque mi alquiler hubiera sido de una cuarta parte antes del huracán, pero tampoco sería tan buen barrio, claro. De todos modos aquí la que sale ganando es la propietaria, que se embolsa la renta cada mes y hace diez años que ni pisa el barrio porque dice que es peligroso. Por mí ya está bien, así podemos hacer lo que nos dé la gana.

Ya estábamos frente a la casa que parecía ser su casa – y la mía, durante los próximos cinco días. Se me caían los párpados al suelo. El motor seguía encendido. Abrí la puerta del coche y saqué una pata en señal de auxilio déjame salir e irme a la cama. Se me empañó el iris de los ojos. Bienvenida a New Orleans, claro.

Apenas se distinguían las siluetas de la fachada, pero las yemas de mis dedos vieron los collares de perlas de plástico que se enredaban por la valla, hasta que la verja había dejado de ser verja.

No había puertas en la casa, solo cortinas. Bueno, estaban las puertas de entrada – y salida – del porche delantero y del jardín trasero. Pero entre una y otra, un hogar tomaba forma de corredor. Como un emparedado: Puerta. Sala común. Cortina. Habitáculo de Amiga. Cortina. Habitáculo de compañera de casa o Zorra. Cortina. Cocina. Puerta.

Amiga hablaba de cosas prácticas a las que debía prestar atención. La llave la dejaremos bajo el macetero, el tragadero de agua de la ducha tiene truco, la puerta de atrás no la uses que el vecino tiene un pitbull y es violento

Nosotras también teníamos perro, Ryder, (montador, motorista) porque todas mis canciones favoritas dicen esa palabra: Ryder persigue la luna o el amor o solo huye. Tiene gracia porque el bueno de Ryder es más bien hogareño. Un animal grandote y apuesto, fuente de babas y cariño incondicional desde que fue adoptado. También había un gato: Gato. Ese no era de Amiga, sino de Zorra. Así que nunca supe el nombre – ni de una ni de otro.

Mientras todo esto sucedía y Amiga me ponía al corriente del sistema de cortinaje, los regímenes animalíceos y los trucos de fontanería, atravesó la cocina un escuadrón de seres oscuros y pequeños no identificados, probablemente motoristas que fueron al infierno y se reencarnaron en cucarachas. Ryder babeaba, Gato comía, Amiga hablaba. El arco de mis cejas la interrumpió.

Ah, sí. Bienvenida a New Orleans. Es por la humedad. Son parte de la ciudad.

Rió, Amiga.

[Continuará]

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