Llovía tormenta afuera. Una de esas furiosas, que limpian hasta los orificios de la nariz. Llovía de forma desmesurada, inesperada, absurda.

No tenía ningún sentido. Y yo necesitaba salir desesperadamente. De casa, de mí.

Necesitaba salir más de lo que necesitaba estar seca y salva. De hecho, hasta necesitaba mojarme. Hasta necesitaba enfermar con ese resfriado sano con el que el cuerpo recuerda al espíritu que los que parecen los peores males se expulsan con mocos verdes.

IMG_9892Necesitaba mocos con la misma vehemencia con la que solía necesitar palabras.

Así que salí a la lluvia.

De hecho, primero salí a la lluvia  y luego ya, mojada, fui pensando toda esta sarta de tonterías, a medio camino entre lo dramático y lo escatológico.

El factor de los órdenes altera no dicen.

Así que caminé y llovió o al revés.

Solo había casas. Se suponía que buscaba un bar. No uno cualquiera, uno del que me habían hablado.

No era un bar, era una cueva. Al este de la ciudad. Del otro lado de la línea llamada Calle Uno que las niñas de bien no cruzan –justo del otro lado, tampoco muy adentro.

La cueva, sin embargo, no me pudo hacer más bien.

Atravesar la puerta fue como ponerse inmediatamente del otro lado de la cámara. Al atravesarla, atravesabas las lentes del objetivo. Como un espejo de Alicia. Y te ponías del otro lado de la cámara.

Como millones de Magos de Oz, los habitantes de esa cueva eran los que movían los hilos. Al menos los hilos de las cámaras que toman las fotos que ves cada día en los periódicos, o de las cámaras que filman los documentales del fin del mar o del fondo del mundo.

Ellos son los que nos dan los ángulos, la cercanía, la luz. Pero allí no había luz. Podríamos haber revelado fotos. Bueno, no. Aunque el Sol parecía un recuerdo lejano. Aunque la hiedra que cubría las ventanas de la cueva no ensordecía el estruendo de los rayos, ni la luz de los truenos. O al revés.

Un lugar fértil, la cueva seca.

Allí las imágenes hacían poderoso lo mundano, las sombras arrojaban luz sobre bellezas desdeñadas. Ese era el mundo en el que queríamos vivir. O así querríamos ver, siempre, el mundo en el que vivimos.

Tú no los reconocerías pero te miran cada día desde los ojos de las portadas, los Magos de Oces. Andan sueltos por las noches, furtivos, robando o compartiendo momentos a o con desconocidos. Con el poder de hacerlos conocidos. Hasta reconocidos.

No había ladrillos amarillos que condujeran a ese oasis seco en la tierra inundada. Pero aún vuelvo.

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