Pies descalzos, camisa de flores, gafas redondas.

Guitarra eléctrica, voz desgarrada, baile de peonza.

Sol vertical, carpa de circo, césped y hierba.

Underground de mediodía.

Cachorros de perro, cachorros de niño, juguetes para adultos.

Hula-hops, bolas de colores enlazadas con cuerdas.

Bastones con calcetines en los extremos, que se serán de fuego.

Gira gira gira.

Bruce cumple años pero nadie tiene edad.

Los espíritus libres no llevan las cuentas, cada día empieza una nueva.

No salen canas en el alma.

No hay regalos, no hay velas,

pero nunca olvidarás

Underground de mediodía.

Los hippies también tienen limusinas. ¿Son hippies ricos? Son hippies hippies. Así que puede que fueran ricos en los 80. Ahora son adultos de 50 que hacen lo que les da la gana.

— Yo nunca nunca me había sentado en un sofá en el jardín — dije sentada en un sofá de jardín.

— Bienvenida a América.

Floreado, mullido, de abuela, desde ese sofá se tenía la vista perfecta. Del jardín. De la carpa bajo la que tocaban Roxanne o American Idiot o Talking about revolution sounds whispered. De la camilla de masaje. Del autobús escolar, de esos amarillos, que ya no era amarillo sino…floreado.

Era, en efecto, el mejor lugar para contemplar el cuadro. Pero hemos venido a pintar.

—Bonito autobús.

—¿Quieres subir?

Subir era arriba. Para tener un terrado en el jardín. Y zumo de flores y arroz pastoso y gafas de perlas en forma de corazón y sombreros de playa que nunca pisaron la costa. Pero desde este autobús, en los días claros, se ve el mar.

Aquí arriba primero te abrazas, luego te presentas. Dicen que solo nos alejamos unas millas de DC pero el protocolo ha cambiado. Y a partir de ahí puedes soltar cualquier idea. Como que eres escorpio, o que hace calor o que qué maravilloso es el azar o que eres feliz, o que fuiste feliz.

—Bonitas flores, las del autobús.

—¿Quieres pintar?

—No sé pintar.

—Todo el mundo sabe pintar.

—Yo solo escribo.

—Pues escribe.

Y pinté. Pinté letras, pero pinté. Y mientras lo hacía, decía que ya temía decir qué bonito es algo porque me dan permiso para lo que no pido.

— Aquí puedes ser lo que quieras, excepto no-tú-mismo.

hippie party-diarios ultramar11Y, de repente, vértigo. De esos que no dan las alturas, sino lo desconocido. La libertad llevada al extremo en el que hasta el concepto libertad deja de ser necesario.

Y sí, dije que no a cosas que me hubieran hecho sentir no-yo-misma y me sentí más-yo-misma. Pero también me descalcé, y bailé en una pista de baile nada llena, y en ese terrado de autobús, y mezclé galletas caseras con salsa de Boston, que por lo visto además de llevar queso, pica.

Y conversé y conversé con amigos insospechados sobre temas aleatorios. Sobre cómo conocimos a GoGo, sobre lo aleatorio de que nos trajera al cumpleaños de Bruce sin conocer a Bruce. Sobre lo aleatorio que es, en general, conocer a alguien y no a otro, sobre si alguna vez nos llegamos a conocer. Entre nosotros, a nosotros. Sobre lo aleatorio que es estar en el tejado de este autobús y no en el de cualquier otro, o en el de la furgoneta Volkswagen, aparcada al otro lado del porche.

No hay vetos ni tabús.Pero hay una palabra que no se dice. Raro.

Raro es el comodín nacional preferido. Si no se ajusta al canon, si es largo —y aburrido— de explicar, se convierte automáticamente en weird (raro).

Pero en esta isla Tomwolfiana, en honor a la palabra y al pensamiento, o en reivindicación de la no-normalidad y rechazo al no-tú-mismo, o por prevención y autoprotección o por reacción y autocompasión… aquí no hay nada raro, aunque tampoco se habla de lo que sería normal.

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