– ¿Cómo lo llevas?

– ¿El qué?

– La soledad

– Yo no tengo de eso.

Pues qué suerte, dijo. Y lo bueno es que no me he sentido sola ni un solo momento desde que llegué. Lo malo es que no he aprendido a estar sola.

Acodados en la barra de ese bar, de repente formaba parte de la tribu de periodistas, de corresponsales expatriados, remugantes y quejosos. Temerosos de nada excepto de quedarse solos. Hablando de la soledad como si de una premisa asumida de ‘nuestra’  condición se tratase.

¿Y cómo lo haces? – preguntó el veterano a la niña.

– Tengo amigos – respondió la niña al veterano. Tenía un puñado de cosas que preguntarle, era un fastidio tener estar en el lado que responde, pero por supuesto él dominaba más el arte de no soltar prenda.

He aprendido (creo) a buscar la noticia, a darle a la tecla. He perdido la vergüenza de hablar a desconocidos, de desnudarme en la parte trasera de un taxi y cambiarme en un minuto de ropa para ir con el atuendo apropiado al siguiente acto de protocolo. He aprendido a tomar cafés sin sed, a brindar con vino sin emborracharme, a aceptar cenas sin hambre, fiestas sin fiesta, sonrisas sin risa.

He aprendido que lo mejor que puede pasarle a tu trabajo (que no a ti) es que dejes de considerarlo trabajo. He aprendido a integrarme, aunque jamás antes tuviera sentimiento patriótico alguno, en la comunidad catalana y la española, la europea y la hispana, la latina, la inmigrante, la joven, la estudiante, la de los veteranos de guerra, la negra, la gay, la pobre, la rica.

A escucharlos a todos con la misma atención que solía escuchar a mis amigos y abrirles la puerta a que, quizá, lo sean. A asentir a sus problemas, a sonreír a sus esperanzas, por amargas que fueran, a animarme con sus planes.

– ¿Con gringos? – inquirió el veterano, cejas arqueadas.

– Con buena gente que encontré.– respondió la niña, hombros encogidos.

Será porque eres joven, será porque eres chica. Será.

Pero un día me sacaron de la burbujita de mi ciudad.

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No es que me sintiera sola sino que, de repente, me quedé a solas conmigo misma. En mi casa no tengo espejo y en mi habitación de hotel había cuatro. Y el del ascensor, y el de la puerta exterior del ascensor, y el del lobby.

Estaba en un lugar desconocido con una persona desconocida.

No es que no me reconociera pero no sabía muy bien cómo abordarme. Nos quedamos en silencio y empecé a pensar bajito para no asustarme. Y pronto decidí que la mejor forma sería ignorarme y poner lo que me quería decir por escrito.

A medida que llenaba la página en blanco, me sentía más cómoda. Recordé la pulcra obsesión del diario de viaje de impresiones detalladas. Y, de nuevo, en los últimos tiempos, cuando me preguntaban qué hacía, aburrida del a qué te dedicas y para quién te dedicas, resumía mi día a día en un “escribir”. Y es que escribo compulsivamente. Escribo noticias, escribo diarios, escribo cartas, escribo escribo.

Y resulta que era porque siempre que se me ocurriera un puñado de palabras, iba a estar como en casa.

Pensé que tenía una suerte enorme. Porque las palabras pueden tomar forma de tinta o de voz o, por un rato, de ideas desordenadas.

– ¿Y cómo lo haces? – si volviera a preguntar el veterano a la niña.

– Tengo palabras – respondería la niña al veterano.

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