Imagina que la humanidad se moviera a capricho de las flores. Cierra los ojos, decían.

Ahora cierra los ojos e imagina que una flor está a punto de abrirse y que millones de personas vuelan, conducen, caminan, voltean el mundo y ajustan su ritmo, su rumbo y su condición para llegar a en punto de un día que ningún calendario señala, porque nunca se sabe cuando será.

Ábrelos. Estás en el lago de Jefferson. Le llaman National Cherry Blossom Festival, que significa el festival de ‘los cerezos en flor’ pero que quiso significar tantas cosas más que nos perdimos y ya cada uno hace que signifique lo que mejor le viene.

El alcalde de Tokio regaló a la ciudad de Washington 3.000 cerezos en 1912 como símbolo de amistad. Y de diplomacia. Y de respeto, honor, dignidad. Como símbolo de amor, pasión, belleza, también la del interior, de prosperidad, buenos tiempos, mejor futuro. Como símbolo de cerezos. Como símbolo de símbolo.

Es el acontecimiento del año. Y como EEUU y Fuenteovejuna tienen tanto en común– que vamos a Halloween, todos a calabazas; que vamos de pavo, todos agradecidos; que vamos a jueces, todos al velatorio – cuando se trata de flores, las miramos todos a una.

Pero como DC es esa isla de Fuenteovejuna que hace lo que toca pero siempre teniendo en cuenta la perspectiva de la gentrificación, la crítica de los fenómenos de masas, la reivindicación del darle una vuelta más para volver a lo esencial de nuevo… Por todo eso, dejamos que las flores vuelvan a ser flores, tras verificar en un proceso concienzudo que no lo toquéis más que así es el cerezo.

La ciudad se viste de largo por sí sola, así que no hay que hacer mucho más que mirar las flores.

Las miran parejas, las miran autocares de japoneses, las miran compañeros de casa o de trabajo o de circunstancias que de repente… son amigos o primos o hermanos. Las miran jóvenes profesionales que se escapan del trabajo para comerse el sándwich en la soledad compartida —pero igual de sola— del parque. Las miran grupitos pequeños que corren afterwork en una carrera contra el anochecer, para poder admirar el espectáculo en su jornada número 46 sin un día libre, porque las horas extras son el ascensor más rápido al cielo…

Pero nada importa en las alfombras de pétalos. La gente seria hace picnic, se sientan con traje en el césped. Porque es tan rosa, tan irreal, que hasta las estúpidas camisetas y las estúpidas tazas estampadas de pétalos te parecen solo camisetas y tazas y debe de ser porque la parte de la estupidez se te ha quedado impregnada.

Como si estuvieras enamorado de no se sabe muy bien qué, con ese enamoramiento becqueriano de la propia idea de pétalo, de la propia idea de flor, de la propia idea de que haya alguien igual de perdido.

Lo cierto es que ya las hemos visto de (casi) todos los colores: del marrón-anaranjado de aprovecha el otoño que es corto, del blanco-nieve de sobrevive como puedas al invierno que es largo… y un día todo es rosa y tienes esos nervios en el cuerpo del de-dónde-venimos y del adónde-vamos, a la vez. Estornudas, canturreas Sabina, que es lo que hacía tu madre por estas fechas, y sí, te ves explicándole a un gringo lo del veranillo de San Martín, que ni es santo ni es verano, y lo de ‘març marçot mata a la vella i a la jove si pot’, que ni es español ni es cristiano.

Pero no es (solo) morriña, sino un nuevo afecto de esos que toman formas antiguas en busca de un nombre que te lo permita gestionar.

No ha sido un camino de rosas. Y los cerezos en flor duran solo un segundo. Pero basta un segundo para darte cuenta de que ahora también perteneces a un nuevo sitio en el mundo, que no sustituye a nada anterior, pero que te completa.

Y echas cuentas una vez más, pero no para contar casas o mudanzas, sino para contar estaciones, y resulta que ya van tres.

Una es azar, dos es coincidencia. Tres es… ¿hogar?

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