–En español. – le dije a un Premio Nobel

Claro que él había preguntado – ¿Inglés o español? – a la nube de periodistas.

Y tomé la iniciativa, sin un por favor ni nada. Miró mi micrófono azul, que aún estaba colocando ante sus ochenta primaveras, y siguió con la vista el brazo que lo sostenía hasta encontrarme los ojos, probablemente demasiado cerca de los suyos, decidida a no quedar hundida en la nube de periodistas.

– Muy bien – me dijo. A mí. Muy Bien.

Las preguntas brotaron de la nube, algunas en forma de babas babosas, otras en forma de cuchillos, en realidad afilados por jefes de redacción que exigen “reacciones” como si eso fuera una fuente de vida o como si fuera tan solo una pregunta formulable.

Yo le quería preguntar si se acordaba de cuando le temblaban las rodillas en un canutazo (en argot periodístico, nube de periodistas que acosa preguntas a una misma víctima, a la que pilla de paso en alguna parte). Le quería preguntar si se acordaba de cuando su vocación (o sueños o ambición) iba trescientos pies por delante del curso de la vida.

También te quería preguntar si sabías que yo poseía quizá el único ejemplar de un libro tuyo en español, en DC.

Quise decirte que recorrí todas las librerías de primera, segunda y tercera mano. En bici.

Que fui a esa que en cada ciudad
llaman “la meca de la literatura”, pero que en esta ciudad está en las afueras, y adonde solo fui una vez para escuchar a Isabel Allende, que dijo un montón de cosas maravillosas que me hicieron olvidar que los 40 minutos de pedaleo eran colina arriba, montaña a través.

Así que volví a hacerlo, con la inocencia del fervor literario o siendo, sin más, una pringada más motivada que en forma, y haciendo las tareas a última hora, con la pobre excusa del mundo moderno de que el pedido que hice por Internet jamás llegó.

Quise decirte, sólo para chinchar “¿sabes cuáles eran los únicos libros que tenían en español? Uno de Isabel Allende y … un par de García Márquez”. Y algún best seller más en novedades, claro.

Y para la ruina de la otrora “meca” de la literatura, que abrieron dos mujeres cultas y luchadoras hace muchos años, el dependiente que me atendió me pidió que deletreara tu nombre, con la “V” y no con la “B”, para señalarte en una estantería en lo alto, a la que no alcanzaba, tus obras esenciales.

Eso ha sido cruel. No tenía que haberlo dicho. Pero te juro que no sabían cómo se escribía Vargas.

 

Te quería decir un montón de cosas, pero la actualidad te obligaba a hablar de las elecciones de tres países de dos continentes y a sortear un escándalo del que no sabías nada y que te hizo entrar la prisa por acudir al siguiente evento. En noche cerrada.

Se levantó, gallardo como están los galanes de cabellera impecable y nueva amante, y comenzó a rodear la enorme mesa de roble de una sala de estudios de la Biblioteca del Congreso de EEUU, que recién le había condecorado.

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Ceremonia a Vargas Llosa, Leyenda Viva” de la Biblioteca del Congreso

En ese impás, abandoné el micrófono, clavé un par de codazos para zafarme de la nube de reporteros y cables y le pisé la cabeza a un par de cámaras, con unos tacones de aguja que me hacían parecer tremendamente estilizada y apropiada – vivo lejos de casa y mi abuela no me puede decir estas cosas – y tremendamente incómoda. Alcancé mis trastos, saqué el libro (Eureka!), que es una prueba de amistad de una pareja de amigos medio chilenos, que lo compraron en Santiago, no se pusieron de acuerdo quién de los dos.

Para entonces llegaba a la salida de la ridículamente pequeña sala de lectura y lo que iba a ser una zancadilla se convirtió en un elegante tope de puerta en forma de tacón de aguja.

– Señor Vargas Llooooooooosa,  Señor Vargas Llosaaaaaaaaaaa. ¡¡Espere!! – di mi segunda orden de la noche y de mi vida a un Premio Nobel, mientras avanzaba con la delicadeza de una jauría, blandiendo un “La ciudad y los perros”.

Funcionó. Como antes. Se giró, cejas arqueadas. Y aún no sé muy bien por qué, solté:

– Soy una periodista novata y una lectora nerviosa y…

– ¿Que te lo firme? – sonrisa de suficiencia.

– Eso – sonrisa de alivio. – Bueno, que me lo dedique – sonrisa de atrevimiento.

– Bueno, yo te echo una firma y tu nombre te lo pones tú – los dientes de la sonrisa de dientes se caen como consecuencia de la losa que me dejó caer encima.

– Gracias – sonrisa desdentada, congelada. Sin más.

Y llegó otro tipo, que soltó más palabras de las que ni Mario ni yo alcanzamos a procesar, yo por el susto, él por la Presley, y los Papeles de Panamá y ese montón de líos que no caen del cielo, como tampoco caen los Nobel.

Mientras veía su espalda trajeada, erguida y octogenaria avanzar a zancadas de jovenzuelo por ese pasillo secundario de la Biblioteca, ese otro tipo, que ahora me hablaba ya solo a mí de su tesis, temblaba de veras tras vivir el momento cumbre de su vida. Yo no sé si yo temblaba.

Y se dio cuenta, el tipo, de que yo miraba al vacío de esa espalda, y le vino la lástima, porque evidentemente me había interrumpido y claro, me había quedado sin foto mientras él tenía selfies a troche y moche. Le dejé que asumiera las culpas, como castigo del cielo a su chiquillada, pero en el fondo sabía que la losa, antes que la interrupción, me había alejado de la voluntad de la foto.

Con ese gusto amargo que dejan algunos genios en las distancias cortas, tecleé durante las siguientes  horas sobre sus opiniones. Un poco feliz, un poco estúpida.

Pero un alma maternal y veterana me prestó su despacho y cobijo, y me encontré escribiendo en las profundidades recónditas y prohibidas (salvo con llave de seguridad) de la Biblioteca del Congreso. Solo una nueva emoción desclava una vieja emoción.

 

La Biblioteca del Congreso de EEUU convierte a Vargas Llosa en Leyenda Viva

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