Si nunca te han cantado Ande ande ande la Marimorena, ande ande ande que la noche es buena por Skype, no sabes lo que es volver a casa por Navidad. Si eres tú quien la ha cantado, puede que te hagas una idea.

Por suerte, a mí me la cantaron en el aeropuerto internacional de Miami, donde, por unos minutos —los que dura el wifi— se abrió una ventana con vistas a casa de mi abuela. Por suerte, porque lo malo de volar en Nochebuena es volar en Nochebuena. Pero lo bueno es que llegas a casa el día de Navidad.

Viajar en Navidad tiene un montón de ventajas. Según donde sea tu escala, puedes decir cosas como: “Vaya, me pillas pasando la Nochebuena en el Caribe”, algo que por lo visto da bastante envidia a los que reniegan de la suegra y el cuñado, pero que nunca han pasado esa velada en un boeing 747.

Así, el que fue el peor aperitivo navideño de mi vida fue, en realidad, el mejor aperitivo que jamás haya probado a 10.000 pies. Todo depende de cómo veas el vaso.

Washington- Miami. Prometía ser un vuelo placentero. Cuando el asiento de al lado está aún desocupado y la aeronave ya rueda por la pista de despegue, y ya puedes tocar con los dedos el sueño de una siestecita sobre las nubes… y alguien cae de alguna otra parte para ocupar el asiento… Le odias.

Cuando ese alguien viste uniforme azul marino, botones dorados y filigranas en la manga y, bordado en la pechera, AA… Asusta. Sobre todo porque las probabilidades de que su mamá le haya bordado las iniciales a Alexander Austin menguan en un avión de American Airlines. Por megafonía avisan de inclemencias meteorológicas.

— ¿Va todo bien?
— No, parece que va a ser un vuelo movidito.
— Ya…

Finjo interés por la ventanilla. Le controlo por el rabillo del ojo: se ajusta el cinturón. También se lee “AA” en el ordenador que lleva por reloj, la pantalla más grande del avión, ni rastro de ellas en los cabezales. No habrá peli..

— ¿Y debo interpretar como una mala señal que un miembro de la tripulación se siente entre los pasajeros?
— Oh sí, es muy mala señal.
— (!!!)
— ¿Te da miedo volar? — sonríe el gato risón.
— En absoluto. Era mera curiosidad.– con el orgullo viajero herido, me vulevo al ventanuco.
Sigue el tour alrededor de la pista de despegue del Reagan National Airport, Washington DC.
— ¿Entonces va usted a pilotar desde la fila 21?
— Oh no, yo no piloto, soy asistente de vuelo.
— Ya… —Osea, azafato. Obvio, solo quería que lo dijera. Mi turno de gato risón.

Francia, prestigiosa por sus quesos, su fraternidad, los affaires de sus políticos y su particular concepto de hacer comedia. Ha de correr el Sena por tus venas para que levantes las comisuras.

El tipo resultó ser de origen francés, así que una vez su pésimo sentido del humor le delató, se lanzó en plancha a los estereotipos galantes para compensarlo con el mejor banquete que se pudo encontrar en aquella aeronave que por fin había despegado.

Además de su origen, por supuesto y según el protocolo, tuve acceso a un extracto de su biografía: afrofrancés afincado en Miami, llegó al país como turista y se quedó ilegalmente como camarero, le salvó una gringa, de la que se enamoró rápido y a la que se casó aún más rápido, pero de la que se divorció rapidísimo porque le rompió el corazón desventurado, pero los aviones dieron un giro a su vida.

Pero hoy no estaba de servicio, así que vestía uniforme un poco por ahorrar tiempo al llegar a Miami, donde empezaría su jornada, y un poco por lo que Leonardo Di Caprio vestía de piloto en “El Aviador”, por las facilidades que suponen las filigranas doradas sobre el traje azul marino en el oficio de estafador.

Brindamos por el Mediterráneo y las olivas de anchoa, en busca de elementos comunes, visto que el humor no era uno de ellos. Y antes de degustar el tercer tipo de queso, ante las atónitas miradas de los otros pasajeros y, en particular, ante la salivera de la señora de al lado, Di Caprio anunciaba la primera expedición a Cuba, ahora que Obama ha autorizado los vuelos comerciales, con la misma fanfarronería que cuando Cristobal Colón se iba de birras con Magallanes. Un pequeño paso para un azafato, un gran paso para los americanos, digo, para la humanidad…

—¿Pero tú no eras francés, Neil Amstrong del Caribe?

—Je suis un citoyen du monde, deberías acompañarme en ese viaje a Cuba — Acabáramos. Juas juas.

Suerte que una vez en el Miami International Airport se abrió una ventana a la cena de Nochebuena de verdad, con croquetas de la yaya y ande ande ande la Marimorena.  Aún faltaba el vuelo transoceánico.

 

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