Ocho pulpos y una caja de primavera. Aunque es casi invierno. Pero a partir de ahora dormiré sobre una caja de primavera.

Las cajas de primavera son como colchones, pero de madera. Son ligeras, pero duras. Son la base de la cama, pero aún necesitan de unas patas bajo ellas. No, no es un somier. Son más rudimentarias, o más poéticas. Se les llama boxspring y no hay manera de traducirlas.

Me salió rana, la casa encantada. Me alertaron de que con los príncipes azules podía pasar, pero no estaba preparada para que los castillos también mordieran.

caja de primavera
Últimas hojas rojas en Mount Pleasant

Así que ahora amarro una caja de primavera a la baca de un coche que es como el que tuvo mi padre. Ya no quedan apenas hojas rojas de las que me amortiguaron el aterrizaje en Mount Pleasant. Alevosía nostálgica.

¿Miedo a la mudanza? Quién dijo miedo una vez ya has reducido tu vida en formato para llevar. Dicen que hacer el equipaje tiene algo de bohemio—a la ida– por la promesa de lo que vendrá. Crees que te vas a poder llevar tus cosas. Me voy a ultramar, me decía mientras enrollaba camisetas en forma de churro y descompresionaba jerséis de lana para cerrarlos al vacío.

Dicen que empaquetar de vuelta no lo es tanto. Pero de los equipajes intermedios nadie habla. Y no me extraña, porque agotan.

Tras ese primera migración, cuando al fin consigues un armario (eso es, cuando consigues una casa), liberas las cosas escogidas, sacas cuentas, y llegas a la conclusión de que la manera más eficiente de que parezca que tienes más ropa que la que tienes es vestir igual todos los lunes, todos los martes, todos los miércoles…  cual dibujo animado. Y desarrollas un rechazo post-parto que te deja desnudo ante la aplastante realidad de que no vas a poder ir de compras a ninguna quinta avenida, así por las buenas.

Sin embargo, ese pequeño muestrario de tus cosas se convierte, poco a poco, en tus cosas en sí mismas, por eso de la metonimia o la parte por el todo. Y un día te tumbas en la cama de un cuarto – que supuestamente es tu cuarto pero que no es nada tuyo – y te ves levantándote para abrir la puerta del armario. Y, de vuelta al colchón, ves colgando tus cuatro pingos y resulta que te reconoces en ellos…

Pero has dejado preparadas dos cajas en casa.

Tras tanto manda-la-caja, manda-la-caja, manda-la-caja, manda-la-caja, que mi vecino se ríe de mi cada jueves al verme con mi vestido del jueves… para cuándo cuándo cuándo cuándo la maldita caja…

Llegan.

Para entonces ya te has dado cuenta de que siempre has tenido de todo y de que en realidad no todo te hacía falta. La idea de la ermitaña en la ciudad más poderosa del mundo es pretenciosamente tentadora y tentadoramente autocompasiva.

Las abres.

Las dejaste preparada tú misma, antes de irte. Pero de eso hace tanto – un mes – que la persona que preparó los paquetes era como otra. Los que la han cerrado sí han sido otros: papá y mamá que, aunque no contaban con un amplio margen de maniobra para la creatividad, han añadido un par de guiños ultraligeros.

Te autojustificas.

Y es que tus cosas no son solo tus cosas, sino que son un poco tu yo del pasado y un poco quien te las manda. Cuelgas el marco de fotos, dejas innecesariamente a mano la linterna que te mandan para que te alumbre si se funden los plomos de la ciudad. La poesía está servida, y la conciencia materialista, más tranquila.

Pero entonces, llega el día en que ni dejar la puerta del armario abierta ahuyenta al monstruo que no vive en el armario, y desde luego no hace que ese cuarto sea tu cuarto.  Porque la casa encantada es un castillo en ruinas y cuando todo se cae a pedazos a tu alrededor corres el riesgo de que hiera por dentro.

Vuelves a las andadas de explorar la otra cara de la capital de EEUU, o Washington por dentro, las desventuras de descubrir cómo un alquiler asequible garantiza que alguien murió allí o que planean matar a alguien, por resumirlo de forma esquemática.la cuarta mudanza

Te decides. Coges tus cuatro cosas (=2 maletas+ 2 cajas…y el ajuar completo que compraste pensando que iba a durar para siempre). En realidad son cuatro de tus cosas… asidas por cada una de las cuatro manos de tus cuatro amigos (multipliquen).

Así fue como me mudé por cuarta vez en cuatro semanas. Me equivoqué de casa, pero acerté con los amigos.

Pero aquí está bien visto equivocarse. Da credenciales. Cuando solicitas un préstamo, no te piden solo un extracto de sueldo, sino tu “historial de crédito” –traducción libre, igual que la de “caja de primavera”– y que, más allá de lo que ganas, les interesa saber si eres capaz de endeudarte e ir devolviendo el dinero.

Ser la mujer que se ha hecho a sí misma en el país de los hombres que se han hecho a sí mismos debe de ser una metaevolución del sueño americano.

Y volví a empezar. Sin casa, con cosas, sin casi nada claro. Pero con una caja de primavera y un nuevo principio.

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Sueño americano, en el barrio de Columbia Heights.
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