-El Mall me ayuda a pensar. – dije.

-Seguro que hay estudios al respecto… – dijo.

-…me hipnotiza…

– …un paisaje abierto, donde los pensamientos pueden fluir…

-…y es como si me dijera “Eh, olvida lo malo, estás aquí, en Washington”…

-…y todo oscuro excepto un punto de luz…

-Y solo me puedo sentir agradecida.

-Tiene sentido.

Aún me rondaba el espíritu de Thanksgiving – Acción de Gracias. Es como el de la Navidad pero sin el consumismo. Bueno, con menos consumismo. Consumismo de comida y bebida, sí. Pero sin regalos. Al menos ese mismo día – aunque el abstencionismo se compense con el trágico Black Friday de tan reciente, nociva y criticada exportación.

Pero en el Memorial de Jefferson, de noche, no había ni se veía ni se oía un alma. Rendida ante las vistas del Washington Monument, coronado por el obelisco del monumento a Washington, pasaba la resaca emocional de Thanksgiving y la digestión, aún a medias, tras 48 horas de ayuno –obstinada evidencia de la seriedad del anuncio pronunciado con el tercer postre: “Por cien años que viva, nunca más volveré a sentir el agradable cosquilleo del apetito”.

memorial de jefferson- diarios de ultramar
Memorial de Jefferson. Noche. Y allí al frente, el Washington Monument.

Dicen que hace más de 400 años hubo una buena cosecha, y los conquistadores la compartieron con los indios, y por eso ahora seguimos dando las gracias.

Gracias. Un día entero, una fiesta entera dedicada a una sola palabra.

Puede parecer un culto exagerado a una sola fórmula. Solo cuando te pasas el día entero usándola, sea por la ilusión del novato o del niño con el juguete nuevo, te das cuenta de lo importante que es decir gracias. Para cuándo el Día de Acción de Perdón o el Día de Acción de Por favor.

Es el último jueves de noviembre, la fecha más esperada del año, la más importante para 43 millones de de americanos que viajan a sus hogares. Pero siempre quedan algunos que no pueden volver a la ciudad que les vio nacer y crecer y se deben quedar en la que les ve vivir y/o trabajar – porque a menudo es difícil hacer ambas cosas. Así nació el concepto Friendsgiving – no lo intenten traducir literalmente en casa: Dandoamigos o Acción de Dar Amigos. Al contrario, es el día en que te aferras a los amigos – los que han pringado este año, o a los que acaban de llegar al país y no saben de qué va la vaina del pavo, les coges de las manos y les das las gracias por ser como de la familia.

Alrededor de aquella mesa puramente washingtoniana que me acogió en este Friendsgiving – en el que además de fiends había una hermana, una madre, una pareja de amigos con un niñito y un par de perrillos – nos sentamos 12 personas de 4 nacionalidades y nacidas en 10 ciudades distintas, de uno y otro lado del atlántico. La mayoría habían vivido en más de un país y conocían las dos clases de nostalgia, la que sientes por lo que fue y la que pesa por lo que pudo llegar a ser.

imageHubo pavo, un pavo enorme y jugoso que se cocinó durante cinco horas. Pero también hubo el estofado portorriqueño de banana madura frita y mezclada con zanahoria y frita y mezclado con pan y frito y frito; una ensalada caribeña, de esas sin verde ni tomate, pero que se inscribe en la categoría de ensalada porque los garbanzos y el cilantro se sirven fríos; pastel de queso brie, tarta de Santiago (de Chile) de arándanos, una adaptación guatemalense de caracolillas de dulce de leche y un coquito, un elixir delirante por lo dulce.

Pero antes de dejarnos llevar por los placeres terrenales de los sabores americanos –América, que es un continente, no un país – nos pusimos en pie de forma solemne alrededor de la mesa. Thanksgiving es idéntico a las despedidas. Permiso para decir lo que en circunstancias normales te callarías, permiso para ponerte profundo por encima de tus posibilidades. La única diferencia es que nadie se tiene que ir al final de esta sesión de excesos sentimentales. Esa es la parte buena. Y la mala, es esa también. Porque a ver con qué cara miras a tu compañero de curro el lunes después del “gracias tío” a moco tendido.

Así fuimos dando las gracias, cada uno con sus palabras, en un idioma – el inglés – que para la mayoría no era el materno, pero era el que nos había unido. Gracias por la nueva vida, que algunos habían emprendido casi una década atrás y otros empezamos hace justo un mes. Gracias por los amigos que nos han ayudado a salir adelante en los comienzos, que siempre son difíciles, y en las medias partes, que también, y en las segundas partes, que nunca fueron buenas. Gracias a los presentes y a esos ausentes que es como si estuvieran.

Y entonces fue el turno de mamá. La mamá de la cena, en la que todos proyectamos un poco a la nuestra propia. Porque, aunque allí de donde viniéramos, sea de ultramar o de la isla, eso del pavo no se estilara, todos queríamos a mamá en aquella cena.

-Gracias por querer a mi hijo – dijo mamá.

Debe de ser que así son las madres, que aman tanto que se olvidan a sí mismas. Y debe de ser verdad también que saber que aman a los tuyos en tu ausencia es la más reconfortante de las píldoras para las distancias forzosas.

Todos los caminos llevan al Mall. El obelisco nos ve desde cada rincón de la ciudad. Nos recuerda dónde estamos y por qué y nos da un norte.

 

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