Suena Ketama, o Manolo García o Sabina. Es la “Operación Torrija-gringa”.

La cuestión es que empiezas a conocer gente, algunos hasta te invitan a cenar en su casa y mi abuela me enseñó que no se debe caer en casa ajena con las manos vacías.

Pero si a esa gente la has conocido en una competencia culinaria –yo solo la cubría– , da como cosa presentarse con unas croquetas – en caso de que supiera. Ahora que empiezo a desenvolverme en el deporte washingtoniano de Hola, de dónde eres, dónde vives, cómo te llamas, a qué te dedicas
Vino. Que es mu socorrío.

Pero si esa gente estaba en ese evento porque van a abrir una boutique de importación y cata de vinos dentro de “seis días laborables”, entonces da como vergüencita ir con la botella de vino peleón de procedencia tan oscura como sus posos, que en el supermercado de abajo cuesta cerca de los 20 dólares, pero que en España, los parroquianos habituales se lo tirarían a la cabeza al de la barra.

Postre.

Torrijas. Sí, las practicaste en casa y se las comieron. Manos a la obra.

Ingrediente principal: Pan duro.

Bueno, duro duro, no está. Y pan pan, tampoco. Aquí solo se gasta del de molde, y como los hipermercados son especialistas en familias numerosas, hay que guardarlo en el congelador, ir sacando rodajas sobre la marcha, y meterlas directas a la tostadora.

Descongela bimbo, corta las rodajas. Y jugar por jugar, sin tener que morir o matar… y vivir al revés, que bailar, es soñar con los pies, canturrea Sabina. Leche con azúcar, vueltas. Hasta rama de canela y limón. Piensa en grande y harás cosas grandes.

Batir huevos. Dónde iré a parar, dónde iré a parar, en la era de la prisa…el bueno de Carmona y el cambio de siglo. Y yo echo de menos esa copita de vino con la que las mujeres de mi familia cocinan. Pero el del súper de abajo de veinte dólares es tan peleón.

Son esos ramalazos de insólito patriotismo que aturde a los que fardan de ser ciudadanos de un lugar llamado mundo. Como si Torrente te hubiera mordido.

Hunde rodaja de pan en plato de leche. Saca corteza sin pan empapada en leche. La miga y la leche se han vuelto uno, líquido pastoso blanco en plato blanco. En un edificio, de ventanas sin cristales, Carpanta y yo vivimos a base, de latas de calamares… Y yo que lo entiendo, Manolo.

Puedes hacerlo. Mete corteza superviviente en huevo batido. Saca retazos de corteza. Tira a sartén antes de que la masa mengüe más. Pero la sartén, llena de aceite de oliva del color y el precio del oro, no está tan caliente como debiera. Como el lindo gatito, fracasamos invariablemente. Manolo.

Y allí, el retazo de corteza superviviente, además de empapado en leche y huevo, está empapado en aceite. Y el resto de rodajas, en las fases previas de remojos diversos, se miran a ese retazo pionero, medio con lástima, medio con autocompasión. Y yo me las miro, a las rodajas, y las comprendo, porque ellas querían ser emparedados de camping de Oso Yogui, y en cambio se van a desmembrar en la sartén de una expatriada. Seguí todas las instrucciones de mi madre.

Más azúcar.

Excepto, quizá, la de no cocinar a contrarreloj.

torrijas-diarios-ultramarMe cambié el jersey de cocinar por un vestido color vino. Bajé al supermercado del tinto indistinguible y peleón y compré una caja de muffins.

Pero estas son las torrijas que me recibieron para la recena, después de una velada en la que, cuando la cata de vinos hubo adelantado lo suficiente, hasta les hablé de la Operación Torrija-gringa a mis ya nuevos amigos.

Algunas se quedaron por el camino, otras sobrevivieron. Pero lo negro es solo azúcar, como dicen las madres de la fruta madura. Nunca el tiempo es perdido…dice Manolo.

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