Me llamo Irene Mount Pleasant NW.

‘El Monte Placentero’ son árboles rojos y amarillos y marrones, ardillas y casitas victorianas unifamiliares que datan o imitan el siglo XIX. Y NW, North West, es a todos los efectos mi grupo sanguíneo. Esto conlleva el cumplimiento de unos sencillos mandamientos:

• Cuanto más al West, mejor.
• El Norte está bien, pero en su justa medida. Compadecerás a los que deban vivir muy al Norte (demasiado al Norte = demasiado lejos).
• Te desplazarás cada día a Downtown (dirección Sur, pero no mucho), a ser posible con camisa y maletín, pero intentarás estar de vuelta al poco de ponerse el sol porque “Downtown es un cementerio (literalmente, a golpe de Memoriales) cada noche”.
• Bajo ningún concepto pisarás el Sur Sur: Anacostia.
• Venerarás los bares de “U” street, pero renegarás bajito de algunos de ellos, descubrirás en primicia los de las calles colindantes.

Mount Pleasant pugna por diferenciarse de Columbia Heights, víctima de un fenómeno tan de moda como el propio barrio: la gentrificación. Antes, bastaba con ser parte de ella: es decir, ser un hipster económicamente bienestante que se divertía buscando el glamour rocambolesco de zonas degradadas.

De hecho, antes de los antes, los que habitaban esas zonas solo eran gente con pocos recursos e ingenio agudo que trataba de exprimir el potencial del único lugar en el que se podía permitir un alquiler. Pero ahora ya no basta ni con lo uno ni con lo otro: has de ser consciente de que perteneces al fenómeno de la gentrificación, que estás contribuyendo a una transformación urbana y antropológica de la metrópolis en la que juegas.

Por lo visto, eso te hace sentir menos culpable, incluso se han dado casos de individuos que sienten estar haciendo historia: “Yo estaba en Estados Unidos cuando Obama desató la ola de la esperanza con su ‘Yes we can’; yo estaba en DC (decir Washington es de cobardes) cuando comenzó la gentrificación de Columbia Heights”.

mount-pleasant2-diarios-ultramarPues yo llegué cuando justo comenzaba la de Mount Pleasant. Mount Pleasant es un barrio residencial que está por encima de mis posibilidades. Los estudiantes y jóvenes profesionales compartimos esos casalotes victorianos. La diferencia con nuestros predecesores – grosso modo – es que no tratamos – si me permiten la generalización – de transformar el barrio. Solo atendemos a la armonía familiar con una inherente añoranza de nuestros hogares, a veces a más de 10.000 kilómetros de distancia, con un océano de por medio.

Esos expatriados llegamos a nuestras casas, que a veces damos en llamar encantadas porque nos exceden, después de una larga jornada de trabajo, y vemos encendida la luz del recibidor de nuestros vecinos victorianos. El padre de la familia acaba de bajarse de su coche alemán y los niños han abandonado la pelota de soccer – fútbol europeo – en el patio trasero.

El estudiante o becario o joven profesional europeo se queda parado en la calle, con su humus del supermercado suspendido en la bolsa de plástico. Se sonríe porque está cerca en su sueño americano. No se da cuenta de que ese vecino americano con vida tan supuestamente americana persigue en realidad un sueño europeo.

 

 

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