Lamont Street es el lugar en el que uno debe estar cuando anochece en Washington el 31 de octubre. No porque haya ningún despacho en los que se discute sobre el curso de la humanidad, ni porque haya uno de esos locales de peregrinación hipster.

En realidad, lo único que hay en Lamont Street – en el barrio de Mount Pleasant – son apacibles casitas victorianas. Pero lo que allí ocurre el 31 de octubre es de esos fenómenos que hacen creer, a quien forma parte de ellos o, incluso a quién solo los contempla, que el mundo puede ser un lugar mejor. O, por lo menos, un lugar más dulce.

Los niños se visten de lo que quieren llegar a ser. Los mayores, no solo se lo permiten, sino que les acompañan, de la mano para que no se pierdan en el tumulto para que el resto del mundo los vea. Y el resto del mundo no solo no los juzga, sino que les felicita por su esfuerzo, por su originalidad, por su atrevimiento. En esto consiste la ceremonia, en que todo está permitido, incluido el hincharse de dulces y donde las únicas “palabras mágicas” son “trick or treat” (truco o trato), por encima del aburrido por favor, gracias, etc.

Dicen que rara vez se cuelga un cartel de “Se vende” en Mount Pleasant. Sus habitantes, que se aferran a sus propiedades desde hace años, se sientan ufanos en las mecedoras de mimbre del porche delantero. Su fama de tener los jardines mejor decorados de la ciudad – y de ser los más generosos con los dulces – aúna intereses de padres e hijos esta noche.

lamont-street-halloweenDe hecho, la nuestra es la única fachada de Lamont que no está decorada. Parece que hayamos caído de alguna otra parte. No somos familia – al menos no en el sentido estricto. No tenemos edad de poseer una de estas casas, pero lo cierto es que algunos miembros del variopinto grupo viven o han vivido en ella – debido al proceso de gentrificación que sufre la ciudad, pero ese fenómeno es tema de otro debate. Y aunque harían falta diez mecedoras de mimbre para que nos sentáramos todos, solo dos de los nuestros llevan el Halloween en su sangre de ciudadanos americanos. Pero ninguno, ni los que nacieron y se criaron en alguna otra parte de Estados Unidos, ni los que llevan aquí viviendo más de un lustro, habías presenciado jamás un “trick or treat” de esta envergadura, con tanta implicación vecinal, con tanto efecto llamada, con tanto atrezo y tanta pasión.

Lo que pasa es que, por una suerte de afortunadas circunstancias, hoy nos ha sido tocado un papel activo en la escena y lo cumplimos con esmero: repartimos caramelos, pero a razón de uno por niño, para que los 1.000 caramelos nos duren por lo menos un par de horas.

Tras algunos anacronismos que ponen de relevancia la brecha generacional, porque somos jóvenes, pero no tanto (– Qué guapa, vas de Cenicienta, ¿verdad? / – No, voy de Elsa de Frozen) y tras muchas exclamaciones del tipo Voy-a-estallar-de-dulzura ante niños cuyos padres visten de peluches vivientes en su primer Halloween… Aparece un ser trajeado que no levanta los 4 pies del suelo – solo tiene dos extremidades, pero no le han enseñado a expresar su estatura en centímetros (120cm).

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El Pequeño Trump en campaña, caramelos a cambio de votos

En sus espectadores (nosotros), ceño fruncido, luego cejas arqueadas, luego boca abierta. Carcajadas, palmadas, cámara de fotos. Es Donald Trump. Lo pone en la chapa de su americana. El cachorro de millonario y potencial presidente del país, sorprendido a su vez por la inesperada reacción de su audiencia, se crece, echa mano de gestos rudos y, por encima del murmullo alegre de la calle Lamont, se oye: “Hagamos América grande otra vez!!!!!!”. Como decía, Halloween te hace pensar que el mundo puede ser un lugar… más dulce. Trump se llevó el doble de caramelos.

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