Los gringos son abiertos, ya se sabe, y desconfiados, también, con lo que buscar una habitación para alquilar es un proceso a medio camino entre el casting de Operación Triunfo y la solicitud de un posgrado en Harvard.

Que nadie le pida un documento de identidad a un ciudadano americano. No tienen. Pero si lo tuvieran, no te lo enseñarían. “Los americanos somos como “¿cómo que no te crees que soy quién digo que soy? ¡¡Soy ciudadano americano!!””, manos en jarras, dislocación de cabeza a lado y lado de los hombres, caricaturizaba a sus conciudadanos una americana con la que reflexioné sobre el asunto, desde la perspectiva qué-bien-lo-hacéis-aquí, para no ofender.

Una casita en UltramarDocumento de identidad aparte, te van a pedir desde una carta de tu empresa “a quien quiera que concierna”, que diga que el portador del documento gana más de X al mes, hasta el llamado “historial de crédito”, que más allá de valores absolutos, deja constancia de que has cobrado dinero y pagado tus facturas, por pequeñas que sean las cantidades, durante tantos años.

Los anuncios en internet – porque la prensa escrita va a morir ahora con las estrellas de la televisión – son un fiel reflejo sociológico. Metódicos, cumplen con los siguientes puntos: esta es nuestra humilde morada, esta será la habitación de tus sueños, nosotros (los actuales inquilinos) somos unos cachondos, pero no hacemos nada de ruido, y tú (pobre desesperado que lee el anuncio) has de ser, básicamente, perfecto. Escríbenos un email que solo chequeamos el buzón de voz, o llámanos, que solo miramos el email. Con esta estructura, el anuncio puede alcanzar las dos páginas Word.

Cuando has enviado entre mil trescientos y mil trescientos dos emails, te das cuenta de que si no tienes número de teléfono americano, de los que empiezan por “1”, no existes. Para entonces has perdido entre tres y cuatro semanas de tu vida. Pero ya estás en disposición de sentar cátedra con un tratado antropológico de la patria de la libertad.

Las expresiones clave, busques compañero de piso o piso, son “laid-back” y “easy-going” (echao-patrás y fácil-llevante), dos palabros comodines que engloban al que suda de todo y al graciosillo, con la elegancia del cajón de sastre. Laid-back, easy-going, y que no me mate, por favor.

Pero una vez tienes un número con prefijo 1, todo se simplifica: estás en disposición de enviar y recibir SMS a troche y moche (sí, SMS, pero eso es tema de otro debate). Así, visitas casas con “decoración tántrica”, propiedad de promesas del rock en el ecuador de su existencia biológica pero en los albores de la carrera artística. Te presentan a su amante, que no vive en la casa, pero que han traído vino tinto porque eres española, y te explican que meditan una vez a la semana, todos juntos en el salón.

– Para evitar malentendidos, me gustaría aclarar que esta casa no es un espacio libre de humo – se disculpó Gogo, como Gordon se hacía llamar entre amigos como yo, que bebía agua con hielo a sorbitos, habiéndomelas apañado para descartar el alcohol, en el tercer piso de una vivienda ajena. A su espalda, un rótulo se le había adelantado “You can smoke here!” – ¿Fumas?

– No. Pero no me importa que los demás lo hagan. – sonreí. Cada vez se me da mejor la súper-cortesía. Mientras, el ojo izquierdo evaluaba la evacuación de humos y las posibilidades de supervivencia a la exposición a la nicotina en los próximos seis meses.

– ¡Bien! ¡Lo celebro! – emprendió el descenso de vuelta al salón, aliviado y francamente alegre. – Ya sabrás que en el Distrito de Columbia hay un vacío legal que nos permite cultivar hasta seis plantas a cada uno, así que aunque nos registrara la policía, no nos podrían detener… blablablá.

Bendita inocencia. Tabaco, ya. Next.

Y tras varios otros propietarios octogenarios y teenagers que te textean con invitaciones como “Hoy damos una fiesta increíble, pásate a ver tu habitación increíble”, por increíble que parezca, al segundo día encontré la casa de mis sueños. Una casa encantad(or)a. Era una casa muy normal, lo juro. Siempre saludaba.

Continuará.

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