El día que te conocí…Llevabas un vestido azul… Y yo me enamoré de ti.

La primera vez que vi Nueva York yo era un monstruo azul. Manta de felpa azul, antifaz de dormir azul y mascarilla de quirófano del mismo color eléctrico que abandera la aerolínea nacional rusa.

La pérdida dramática del glamour se había precipitado cuando la megafonía del avión pidió nuestra atención: “Si hay algún médico a bordo, rogamos se identifique. Un paciente necesita urgentemente ser atendido”. Que no muera nadie por favor, que nos faltan seis horas de vuelo (¿cuánto tarda un cadáver en empezar a oler?).

Cinco ex alumnos aventajados recordaron el día en que hicieron el juramento hipocrático y se agolparon, junto con otros tantos avatares de azafatas rusas, alrededor de una criaturita de apenas uno o dos años. Cuando hubieron respirado todo el oxígeno que le correspondía al niño, acordaron por unanimidad que el niño “estaba pachucho”.

Un azafato apareció para repartir sonrisas y mascarillas con una gravedad ceremoniosa. Nadie preguntaba. Por supuesto, rompí la espiral del silencio. “Tenemos razones para creer que un pasajero tiene una infección. Pero no hay razones para alarmarse”. Paradoja servida, nos rendimos al tándem perfecto de la disciplina ex soviética como ejecutora de la paranoia sobreprotectora norteamericana.

Gracias a la interacción a la que obligan las situaciones extremas, contacté con mi compañero de asiento, probablemente el único ciudadano americano del Boeing 747, dominado a partes iguales por hordas de judíos ultra ortodoxos de trenzas y sombrero y por hordas de mujeres de tinte rubio y maquillaje fosforito.

Con el handicap del cubrebocas de quirófano, entablé una conversación – si lo consigues aquí, lo consigues en cualquier parte, dicen – con mi vecino Dylon. Como Dylan pero en irlandés, como Lion pero con la “y”, explicó, que regresaba a su Florida natal tras su primera incursión en Europa.

Así, una aeronave de monstruos azules se cernía sobre el puerto de entrada a la Tierra preferido por los aliens: Nueva York. Y este monstruo azul, que ni siquiera había conseguido ventanilla, se vió golpeado de refilón por unos rascacielos afilados. Ignoraba que el cemento y los cristales también podían provocar el consabido síndrome de Stendahl, la parálisis y el vacío de palabras ante la belleza.

Claro que, además, el emerger de Nueva York significaba un montón de otras cosas. Para empezar, que la ciudad existía, cuentos aparte; que la operación ‘american dream’ llegaba materialmente a buen puerto; y, por qué negarlo, en la humedad de los ojos algo influiría que ya debían sumar las 24 horas sin pegar ojo. Y el que para entonces ya era mi amigo de asiento, murmuró con una sonrisa que se le salía de la mascarilla: “Welcome to América”.

Con todo, se nos había olvidado por completo el episodio de la plaga infecciosa y dimos rienda suelta al ansia de volver a ser libres. Es decir, osamos desabrocharnos el cinturón cuando el motor hubo parado. “Que todo el mundo se siente. Despejen los pasillos”. Irrumpieron tres policías y un cuarto hombre con gorra, pero con guantes de látex por toda arma. Evacuaron al bebé sospechoso en volandas, mientras su madre se preguntaba si las de la Isla de Ellis serían las mejores vistas de la Estatua de la Libertad. “Welcome to America”, me repetí.

 

 

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