La lógica espacio- tiempo se destruye – o se transforma – en los vuelos transoceánicos. No hablo del jet-lag, de perseguir al sol y ver tres amaneceres en veinte horas, de la perpetuación del prime-time en los monitores de los cabezales de los asientos, con los estrenos de las series que serán de culto, y tampoco hablo de los estofados marrones servidos cada cuatro horas, coincidiendo con los sucesivos arranques de la fase pre- rem del sueño.

No, sobre eso ya se ha reflexionado hasta decir basta.

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Reading The Moscow Times at Sheremetyevo

Me refiero a ese momento en que te ves volando hacia Moscú cuando tu destino es Nueva York. Me refiero a la desestructuración, en términos ‘ferranadrianos’, o al expediente de regulación espacial, en términos patronianos.

Si juntas la cantidad suficiente de amor por el viaje como trayecto y no como destino, con la justa estupidez pragmática y algo de expectativas de ahorrar en el billete para volver a casa por Navidad… Solo si se consigue cada elemento en la proporción exacta, se encuentra uno volando hacia el noreste para después volar hacia el suroeste.

Y, si se sufre un exceso de estupidez pragmática, es posible que el sujeto no pierda la sonrisa estúpida hasta que, tras cuatro horas de vuelo de Barcelona a Moscú, y cuatro de espera en el aeropuerto ruso, deba adelantar en dos horas su reloj de muñeca, para, once horas más tarde, retroceder esas mismas agujas siete horas, que eran cinco respecto a su posición inicial, agravada tras el infortunado desvío.

La derrota de las cartas de navegación hace honor a su desesperanzado nombre, y muere. Las rutas a ultramar ya no se dibujan con compás. Las aerolíneas pintan con fosforito los aeropuertos más rentables y mientras unos volamos desde Barcelona a Nueva York vía Moscú, otros vuelan desde Sídney a Venecia vía Atlanta.

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