Me voy a ultramar. Lo empecé a decir porque no tenía muy claro adónde iría a parar. Hace justo un año me cambió la vida. Conseguí que alguien apostara por mí y me diera cancha para los siguientes dos años, en la era del cortoplacismo pero el nunca-es-suficiente y del marchaos para hacer algo que valga la pena pero no huyáis que nos hacéis falta.

Un año con Agencia Efe en España, otro año en el extranjero. Y un máster en Periodismo Internacional. El gordo.

Aquél día me dijeron “Bienvenida a casa, hoy es el primer día del resto de tu vida”. Cada día lo es. Pero hay algunos en los que, de repente, te das cuenta y actúas en consecuencia. Aquél día también me hablaron de Periodismo-con-pe-mayúscula, como Pasión, porque esa es la única manera de ejercerlo. Y yo me lo creí, llevaba toda la vida esperando que alguien me quisiera hacer creer en ello.

Y empecé a usar la palabra ultramar, un poco por romanticismo, un poco porque podía caer en cualquier parte del planeta. De hecho, durante meses planee el traslado a Buenos Aires, Argentina. Pero no trato de novelar mi historia si digo que siempre quise ir a Washington.

¿Tú a qué has venido al mundo?, me preguntaron hace poco. A bocajarro. A contar historias, de las que cambian el mundo. A vivirlas y a contarlas. A bocajarro.

En este primer año he aprendido que no solo las decisiones de los organismos internacionales o de los gobiernos más poderosos cambian el curso de la humanidad. Es más, a menudo, pesa más un pequeño gesto que montañas de papel mojado.

Pero por algún sitio había que empezar a contar qué demonios pasa allí afuera, no?
Mi terreno de juego sigue siendo ultramar. Sigo sin saber dónde acabaré, pero de momento le he puesto un título al primer capítulo: América desde Washington DC.

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